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Movilización de clase, direccionalidad del desarrollo y movilidad social en Argentina

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Por Pablo Dalle* | Fotos: Ignacio Yuchark, Bernardino Ávila y Marcos Kuperman

Desde los idearios de igualdad que buscan resolver las contradicciones de las sociedades modernas, pasando por los modelos de corte neoliberal y la meritocracia, qué entendemos por movilidad social y movilización de clase para analizar la posibilidad de romper con las limitantes del desarrollo en Argentina y favorecer canales de ascenso para las clases populares.

 

La movilidad social ascendente está vinculada a un falso dilema entre dos idearios de justicia social: igualdad de oportunidades vs. igualdad de posiciones. Siguiendo a Dubet (2011) ambas concepciones buscaron resolver las contradicciones inmanentes de las sociedades modernas: la inherente desigualdad en las condiciones de vida que genera el capitalismo por su dinámica de funcionamiento y el principio según el cual las mujeres y los hombres nacen “libres e iguales”. El primer ideario, correspondiente a la tradición liberal-republicana, promueve nivelar el terreno para que la libre competencia regule el acceso a las posiciones sociales más deseadas, haciendo prevalecer el mérito individual por sobre privilegios hereditarios de determinados grupos. En esta concepción, la desigualdad entre las clases sociales (o fracciones de clase) no es puesta en cuestión, más bien este proyecto tiende a estimularla como medio de incentivar aspiraciones de ascenso social. El segundo ideario, identificado con los proyectos socialista radical y su versión reformista social-demócrata o nacional-popular en América Latina -cada uno con distinta profundidad- se basa en la reducción de la desigualdad entre las posiciones de clase a través de la articulación de distintas políticas de redistribución:

1-limitación de las riquezas a través de sistemas impositivos progresivos.

2-desmercantilización del acceso a la educación, salud, servicios básicos de transporte, seguridad y vivienda.

3-progresiva extensión de derechos sociales en el mundo del trabajo conquistada sobre la base de la movilización de la clase obrera.

Despojada de una correcta conceptualización, la movilidad social ascendente es entendida como la consecuente natural del mérito individual: de habilidades, capacidades y esfuerzos que convierte a quienes los poseen en merecedores de logros educativos y ocupacionales y de su correspondiente éxito económico, y quienes no poseen esos “dones”, en responsables legítimos de su condena. El eco de Durkheim resuena en el presente: comencemos por explicar un hecho social por otros hechos sociales despojándolo del efecto de cualidades personales innatas o adquiridas. Con dicha meta, en esta nota me propongo reconstruir un enfoque más amplio de movilidad social que restituya los mecanismos de tipo estructural que están en su base. Nos servirá de guía, el análisis de la evolución de algunos indicadores del mercado de trabajo en Argentina en dos etapas de desarrollo económico-social del país de direccionalidad opuesta.

Tipo de desarrollo y tendencias ocupacionales

En la primera década y media del siglo XXI, la movilidad social en América Latina retornó como uno de los principales ejes de debate académico. Ese período histórico coincidió –no casualmente– con la primacía en la región de gobiernos progresistas y nacional-populares que a pesar de sus diferencias tuvieron como denominador común encarar senderos de desarrollo económico con mayor participación del Estado. Como un espectro de la época de la industrialización por sustitución de importaciones, la cuestión del desarrollo económico “hacia adentro” y la movilidad social ascendente volvieron a plantearse como temas primordiales y vinculados entre sí. Cómo aprovechar un ciclo de crecimiento económico favorable para profundizar procesos de inclusión social y distribución más equitativa de la acumulación económica fueron las apuestas políticas de los gobiernos de centro-izquierda para recomponer los lazos sociales perdidos tras décadas de políticas liberales y de ajuste. En Argentina, este desafío era mayúsculo.

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Desde los comienzos del siglo XX, con mayor fuerza y determinación en el primer peronismo, y luego con breves e interrumpidos impulsos desarrollistas, la expansión de la industria manufacturera constituyó uno de los medios principales para la construcción de una sociedad más equitativa e integrada porque impulsó la demanda de empleo calificado: profesional, técnico y operativo. La transferencia de fuerza de trabajo de sectores que requieren menor calificación a otros que requieren especialización laboral, sumado a la extensión de la sindicalización, impactó positivamente en la distribución del ingreso, alcanzando la clase obrera consolidada salarios cercanos a las clases medias.

Si bien hacia 1975 Argentina era un país de desarrollo intermedio cuyo principal eje de acumulación era el sector agropecuario, el sector industrial había alcanzado un crecimiento y diversificación no desdeñable. La estructura de clases del país se caracterizaba -entre los países de la región- por un volumen mayor de clases medias y de la clase obrera urbana consolidada aunque, en rigor, dicha realidad convivía de manera yuxtapuesta con desigualdades regionales marcadas y núcleos de marginalidad urbana. El último cuarto del siglo XX fue el verdadero momento fundacional del declive de nuestro país. La liberalización financiera y un aumento de la vulnerabilidad como consecuencia del endeudamiento externo, generaron un proceso de desindustrialización y desarticulación del Estado de Bienestar, que tuvieron efectos regresivos sobre la estructura de clases. La transformación del mundo del trabajo estrechó significativamente el amplio abanico de trabajadores asalariados formales de la sociedad de la segunda posguerra y con ello aumentó la polarización entre las clases sociales. Fue así que ocurrió tanto la extensión de procesos de movilidad descendente como el estrechamiento de canales típicos de movilidad ascendente de antaño: la pequeña propiedad de capital y el empleo fabril calificado. En las clases populares se destacó el desplazamiento de fuerza de trabajo hacia ocupaciones por cuenta propia (de baja calificación, bajos ingresos y con frecuencia ocasionales) y ocupaciones asalariadas no registradas que fue configurando un universo heterogéneo de marginalidad socio-económica.

En el período 2003-2015, Argentina promovió un giro en el modelo económico restituyendo el rol estratégico del Estado en la orientación del desarrollo a través de la redistribución progresiva del ingreso, la regulación del comercio exterior y la inversión en el conglomerado científico-tecnológico, entre otras.

En este período, es posible reconocer distintas etapas: la primera entre 2003 y 2008 la economía creció a un ritmo acelerado impulsada por la expansión del mercado interno y las exportaciones del agro. La hoja de ruta de este proceso fue proyectada desde el Estado a través de la reedición de políticas de estímulos a la demanda tales como el aumento de salarios, subsidios a los servicios básicos y el sostenimiento de un tipo de cambio competitivo. Complementariamente, esta política fue favorecida por un contexto internacional favorable para las exportaciones de commodities de origen agropecuario (en los cuales el país cuenta con ventajas comparativas y es altamente productivo) demandados en forma creciente por la incorporación al mercado mundial de los países del sudeste asiático, en especial China. Durante la crisis con las corporaciones agropecuarias primero y la crisis internacional de 2009, se produjo un breve estancamiento de la economía pero luego volvió a crecer en 2010 y 2011. Los precios internacionales elevados y la progresiva demanda del exterior confluyeron favoreciendo un ciclo de intenso crecimiento económico, sin las trabas periódicas de falta de divisas para financiar el proceso industrializador a los que recurrentemente estaba expuesta la economía argentina en las décadas de 1950 y 1960. En la última etapa, entre 2012 y 2015, los problemas vinculados a la restricción externa reemergieron limitando el desarrollo económico continuo; y desde entonces, la economía repite ciclos consecutivos de crecimiento y estancamiento.

El principal impacto de este crecimiento económico en el mercado de trabajo fue un intenso proceso de asalarización. El empleo registrado en la industria creció entre 1998 y 2015 -con un ritmo mayor en la primera etapa 2003-2007-, marcando una inflexión respecto del período 1976-2001. Si bien su expansión fue menor al crecimiento promedio del empleo formal total de nuestro país, motorizó su expansión en diversas actividades de servicios asociadas a la producción industrial como logística (transporte, almacenaje, comunicaciones e informática) y servicios empresariales (consultorías legales, económicas y contables, seguros). Al interior de las clases populares se observó un aumento relativo y absoluto de los trabajadores asalariados en el conjunto y, como contracara, la disminución del peso relativo de los trabajadores por cuenta propia y del servicio doméstico, así como la reabsorción de los perceptores de planes de empleo. En dirección opuesta a la idea de una fragmentación creciente, la tendencia en la composición de las clases populares fue hacia la homogeneización en torno a un proceso de asalarización formal.

En suma, los grupos ocupacionales que más crecieron fueron obreros calificados/as de la industria (construcción y manufacturera), obreros de servicios básicos y de logística asociados a la producción y técnicos/as, empleados/as administrativos/as y profesionales. Estos grupos ocupacionales por su nivel de ingresos se ubican en la zona media de la estructura de estratificación de clases aunque pueden ser distinguidos en el núcleo de la clase obrera y las clases medias respectivamente. Estas tendencias fueron más profundas en el período 2003-2007 y 2007-2011; entre 2012 y 2015 el nivel de empleo en general y del empleo registrado en la seguridad social en particular experimentaron leves vaivenes pero el ciclo político-económico se cerró sin caídas sustantivas.

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El proceso de movilización colectiva fue a la vez consecuencia y causa de los cambios en la estructura de estratificación de clases mencionados. Impulsada por el Estado, a través de la activación del sistema de relaciones laborales, la multiplicación de los convenios colectivos a través de negociaciones paritarias, la reinstalación del salario mínimo vital y móvil y su renovación anual sistemática, junto a otros mecanismos institucionales, promovieron la convergencia de ingresos. Se trató centralmente de una movilización de clase, ya que el aumento exponencial de los convenios colectivos de trabajo fue sostenido por el incremento de conflictos laborales, un esquema similar al que predominó en Argentina entre la segunda posguerra y mediados de los 70, una época en que las relaciones laborales formales tenían mayor extensión en el mundo del trabajo (Palomino y Dalle, 2016).

La evolución del empleo en el período 2015-2019 revela de manera elocuente el cambio de orientación del modelo de desarrollo económico. Si bien hasta el segundo trimestre de 2018, los datos aún no mostraban una caída abrupta del nivel de empleo, ya era posible advertir la génesis de una transformación en su estructura. Los datos muestran una caída sostenida del empleo en la industria manufacturera (que conlleva empleo de mayor calificación y salarios por encima del promedio) y el crecimiento de la ocupación de los cuentapropistas, trabajadores municipales, trabajadores de servicio doméstico y monotributistas sociales. Esta tendencia regresiva fue contrarrestada en parte por el crecimiento durante fines de 2016 y 2017 del empleo en comercio y construcción, que tienen por lo general ingresos menores que las actividades industriales. Entre fines de 2018 y los primeros meses de 2019, las tendencias regresivas en el mercado de trabajo se profundizaron, el empleo formal cayó sustancialmente, con eje en actividades vinculadas al mercado intern (industria, transporte y comercio).

¿Qué es la movilidad social?

La literatura sociológica ha conceptualizado distintos tipos de movilidad social que sirven de guía para comprender algunos de los procesos en curso en la sociedad argentina contemporánea.

a) En primer lugar, la “movilidad estructural de dirección ascendente” es un proceso catalizado por la expansión de posiciones ocupacionales calificadas (profesionales, técnicas u obreras calificadas) relacionada con el desarrollo económico. El florecimiento de nuevas actividades económicas, la creación de empleos calificados y la expansión educativa catalizan amplios flujos de movilidad social ascendente porque abre espacios para el ingreso de personas provenientes de las clases populares. Este proceso es de carácter netamente estructural y consiste más en ocupar nuevas vacantes que en reemplazar a quienes habían accedido previamente a las clases medias.

b) Otro tipo de movilidad social es la considerada neta, que tiene lugar con independencia del cambio estructural. Anteriormente se la denominaba circulatoria o de reemplazo porque, para que unos asciendan, otros tienen que descender. En la actualidad, dicha conceptualización ha sido reemplazada por la de fluidez de la estructura de clases, para hacer alusión al peso del origen social en el destino de clase alcanzado. Este tipo de movilidad está relacionada con el nivel o grado de desigualdad de oportunidades entre las clases sociales en la competencia por alcanzar las ocupaciones de mayor estatus, y por ello está más asociada al carácter meritocrático de un sistema de estratificación social. A su vez, tiene lugar en el marco de sociedades en las cuales la estructura social está sustancialmente hecha y no experimenta grandes cambios. El proceso consiste en escalar posiciones en una estructura ocupacional más consolidada a través de la movilización de recursos como las credenciales educativas.

c) La sociedad puede cambiar más intensamente al abrirse canales internos para una movilidad colectiva de clase (o de determinadas fracciones de clase). La movilidad colectiva no implica un pasaje de una clase social a otra, sino un proceso de cambio ascendente generalizado de una clase por su participación creciente en la sociedad (Germani, 1969). La movilidad colectiva es consecuencia de un proceso previo o simultáneo de movilización de una clase, que toma un papel activo en el despliegue de mecanismos de apropiación o usurpación de oportunidades. Esto implica conflictos entre distintas clases, que se resuelven mediante cambios institucionales que conllevan una redistribución de derechos y recursos.

¿Qué ocurrió con la movilidad social intergeneracional en Argentina en las últimas décadas, desde 1975 aproximadamente hasta la actualidad?

Siguiendo el argumento teórico distinguimos entre movilidad estructural, fluidez social y procesos de movilización.

1-La movilidad estructural de tipo ascendente motorizada por la expansión de ocupaciones profesionales y técnicas en Argentina fue menor en términos comparativos con otros países de América Latina y de Europa. Esto se debe en parte, a la recurrencia de ciclos de estancamiento y declive económico y, a procesos de convergencia regional del desarrollo económico-social que conlleva un menor impacto en sociedades que experimentaron con anterioridad procesos de expansión capitalista.

2-El análisis de la fluidez social a través de cohortes muestra una tendencia robusta de “desigualdad constante” que en perspectiva comparativa no es un dato alentador porque varios países de mayor desarrollo relativo lograron una trayectoria hacia la “apertura” de la estructura de clases, esto es, mayor igualdad en la distribución de oportunidades. Por detrás de esta tendencia general es posible advertir una profundización de la brecha de desigualdad de oportunidades entre las clases, lo que en definitiva implica que las hijas, y sobre todo los hijos -es más fuerte en los varones- de familias obreras tienen menos probabilidades de alcanzar posiciones de clases medias privilegiadas (profesionales, directivos y pequeños empresarios) (Dalle, 2018). Los resultados de esta investigación colocan en el centro el planteamiento de Dubet (2011): apoyar la igualdad de posiciones es el mejor sendero para incrementar la igualdad de oportunidades.

Movilización de clase 

La estructura de clases constituye una estructura de distribución desigual de oportunidades dinámica; su evolución está vinculada a la relación de fuerzas entre las clases sociales y el tipo de desarrollo económico. Las clases sociales disputan de manera más o menos nítida, las decisiones de qué se produce, cómo, para quién y cómo se distribuyen los bienes y servicios sociales producidos colectivamente. El tipo de desarrollo económico-social depende de la articulación y fracciones de clase, de la correlación de fuerzas y su capacidad de construir hegemonía que permite dotar de una determinada direccionalidad a la sociedad y con ello la capacidad de incidir sobre el perfil de la estructura de clases y el nivel de desigualdad.

 

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En Argentina, el sendero del desarrollo económico-social durante el período 2003-2015 a través de un Estado activo en la expansión de empleo registrado en la seguridad social de clases medias y clase obrera calificada y en la redistribución progresiva del ingreso favoreció procesos de movilidad estructural de tipo ascendente, sobre todo desde las capas precarizadas de las clases populares hacia la clase trabajadora consolidada (un sector amplio que incluye a obreros/as de la industria, de los servicios pero también empleados/as, docentes y trabajadoras/es de la salud). Este proceso tuvo limitaciones y mostró signos de estancamiento hacia el final del período pero sin dudas dejó una estructura social más integrada en torno al empleo asalariado y extensión de derechos sociales.

La movilización de la clase obrera, que se manifestó tanto en el crecimiento de conflictos laborales como en su su canalización a través de la negociación colectiva, fue catalizadora pero a la vez limitante de este proceso de recomposición colectiva. Para explicar mejor este punto retomo el planteo de Erik Olin Wright (2014) sobre la estrategia simbiótica hacia la construcción de sociedades más igualitarias y democráticas que implica la utilización del Estado a favor de dicho proceso. El pacto entre clases puede asumir la forma de un compromiso negativo que implique concesiones reales pero asimétricas –en general a favor del capital- manteniendo privilegios corporativos que imponen trabas para el desarrollo conjunto o centrándose casi exclusivamente en demandas vinculadas a la redistribución del ingreso. Existe, en cambio, otra posibilidad de compromiso positivo entre Capital y Trabajo en el que ambas partes pueden motorizar el desarrollo económico-social a través de coordinar acciones en la esfera del intercambio, de la producción y de la política. Si bien a corto plazo, este tipo de pactos favorecen los intereses de la clase dominante, a largo plazo puede incrementar el poder social en decisiones estratégicas sobre el desarrollo.

En Argentina, la profundización del proceso de industrialización por sustitución de importaciones y del desarrollo de actividades económicas vinculado al complejo científico-tecnológico requirió  de una mayor coordinación tripartita (Estado, sindicatos y empresariado). Un plan de desarrollo de mediano/largo plazo requería avanzar en la producción nacional de insumos estratégicos, la co-determinación de procesos de trabajo que complemente seguridad en el empleo, perspectivas de mejoras salariales, de condiciones de empleo y de hacer carrera en la empresa por parte de los/as trabajadores/as así como incentivar la formación profesional vinculada al cambio tecnológico para incrementar la productividad. La disociación de la alianza estratégica entre un sector del movimiento obrero y el gobierno del Frente para la Victoria entre 2011-2015 fueron un obstáculo para establecer acuerdos  en las esferas del intercambio y la producción; esta última, pieza angular para avanzar sobre la restricción externa, a través de incrementar la producción nacional de bienes de capital y energía.

El desarrollo de políticas de tipo social demócrata -o nacional-populares en el caso de los países latinoamericanos- constituyen asimismo un terreno más propicio para el avance de lo que Wright (2014) denominó estrategias intersticiales, experiencias de transformación que se dan en espacios o grietas de la estructura social dominante de poder: cooperativas, consejos fabriles, asambleas vinculadas al cuidado del medio ambiente, servicios de economía social, un vasto conjunto de experiencias que tienen en común la idea de construir instituciones alternativas y formas de sociabilidad que incorporen ideales emancipadores.

El escenario en Argentina y en la región en general ha cambiado desde fines de 2015. El giro en el modelo de desarrollo económico vuelve a colocar en primer plano la interrelación entre dependencia, desarrollo y clases sociales que fue eje de la reflexión de Florestán Fernandes (1973) en las décadas de 1960 y 1970. El proyecto de las burguesías nacionales en América Latina (y gran parte de las clases medias privilegiadas)  promueve estrategias de acumulación económica que privilegian su incorporación plena al capitalismo de los países centrales en términos de intercambio comercial, consumos y nivel de vida de dichos sectores. Las premisas comunes de dichas estrategias son la liberalización del mercado como el principal mecanismo catalizador de la actividad económica y la subordinación al capital financiero. Este tipo de modelos de acumulación económica intensifican la concentración del ingreso, el poder y el prestigio social de las clases privilegiadas, consolida a la vez una estructura social polarizada, con barreras de clase rígidas y amplia distancia social cuya contraparte es la deferencia de las clases populares hacia las clases privilegiadas.

Al restituir un enfoque sociológico sobre la movilidad social podemos advertir que no se trata de negar la importancia de las capacidades y las habilidades personales así como el esfuerzo familiar en los procesos de ascenso social, sino que para que la capacidad de agencia personal y familiar tengan un terreno fértil para prosperar, el Estado desempeña un rol estratégico: generando las condiciones estructurales de posibilidad: abriendo caminos o removiendo obstáculos.

La cuestión de recrear la movilidad social ascendente desde las clases populares muestra la interrelación de varios procesos: movilización de las clases populares enmarcadas en canales de expresión democrática (mecanismo que puede recrear el sendero hacia formas más autónomas e integrales de desarrollo), planificación del desarrollo con participación activa del Estado en la expansión estructural de oportunidades ocupacionales y educativas, redistribución progresiva del ingreso y participación creciente de los/as trabajadores/as en las decisiones de la organización de la producción y el trabajo para avanzar sobre los limitantes del desarrollo.

 


*Pablo Dalle es sociólogo UBA (CONICET/Instituto de Investigaciones Gino Germani)


Bibliografía

Dalle, P. (2018). “Climbing up a Steeper Staircase: Intergenerational Social Mobility across Birth Cohorts in Argentina”, Research in Social Stratification & Mobility, 54: 21-35.

Dubet, F. (2011). Repensar la justicia social: contra el mito de la igualdad de oportunidades. Buenos Aires, Siglo XXI: Madrid.

Fernandes, F. (1973). “Problema de conceptualización de las clases sociales en América Latina”, en Benítez Zenteno (coord.) Las clases sociales en América Latina, Siglo XXI, México.

Germani, G. (1969). Sociología de la modernización. Estudios teóricos y metodológicos aplicados a América Latina, Buenos Aires: Paidós.

Palomino, H. y Dalle, P. (2016). «Movilización, cambios en la estructura de clases y convergencia de ingresos en Argentina entre 2003 y 2013″. Desarrollo Económico, 56 (218): 59-100.

Wright, E. O. (2014). Construyendo Utopías reales, Madrid: Akal.

 

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