¿Podremos evitar el colapso de la humanidad?

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Por Luis Lafferriere* | Fotos: Marcos Kupperman, Ignacio Yuchark y Gala Abramovich

Las preguntas sobre el rumbo destructivo que está tomando el planeta anuncian que es urgente asumir otro tipo de humanidad con cambios de tipo individual y colectivos a través de nuevas formas de producir, de consumir y de convivir. Parte de estos posibles futuros se están trazando ya en el consumo solidario y la economía social, en las relaciones de cooperación, las cosmoviosnes del buen vivir, la soberanía alimentaria y la agroecología o la pequeña producción campesina. 

 

 

Como la fuerza destructiva de un terremoto gigantesco, de un tsunami planetario, de mil explosiones nucleares o del choque de un gran meteorito contra la Tierra, la humanidad viene avanzando sin retorno hacia su autodestrucción. La contundencia y la masividad de los estudios científicos dejan poco lugar para las dudas. Sus contenidos son cada vez más fundamentados y alarmantes respecto de la incidencia demoledora de la actividad desarrollada por el hombre sobre la naturaleza y sobre la propia sociedad. Por su parte, los hechos que venimos observando a lo largo de este nuevo siglo (y en especial en la última década) ponen en evidencia e ilustran los anticipos apenas iniciales de las horrorosas consecuencias negativas de la acción humana en relación al entorno que nos permite la vida.

¿Qué está sucediendo? ¿Estamos en medio de una crisis profunda? ¿Qué significa eso? ¿Marchamos ciertamente hacia colapsos inevitables, o podemos cambiar el rumbo que llevamos? ¿Cómo es que llegamos a esta situación y por qué actuamos como si nada grave sucediera? Las siguientes reflexiones resumen algunos escritos elaborados en estos últimos años, con el fin de llamar la atención respecto de nuestra marcha irracional hacia el abismo y de la imperiosa necesidad de hacer algo ante de que sea demasiado tarde.

Una crisis civilizatoria

“La humanidad está inmersa en una crisis civilizatoria sin precedentes (sumatoria de varias y graves crisis simultáneas), donde se presenta la paradoja de la necesidad imperiosa de cambios estructurales urgentes, pero a la vez predominan en todo el mundo procesos, prácticas y sistemas cuya modificación (en caso de ser posible) demandará tiempos prolongados. Esto, con el agravante de que los sectores de mayor poder de decisión (sean económicos o políticos) no demuestran demasiada preocupación por los graves problemas actuales, y sólo proponen y promueven más de lo mismo, lo que anticipa iguales o peores resultados a futuro.

Los grandes medios de (in)comunicación, ocultando la gravedad de la crisis, se suman para impulsar esta carrera desenfrenada de hiperconsumismo irracional y depredación acelerada de los bienes comunes de la naturaleza, lo que acentúa las presiones sociales para mantener las discutibles tendencias actuales. Los títulos catastróficos de los noticieros no logran siquiera rozar, en sus análisis, la verdadera profundidad que vive el sistema capitalista internacional y los peligros que se ciernen sobre la humanidad. Los graves problemas que se fueron generando desde la década del ’70 del siglo pasado, no sólo que no se han corregido o atemperado, sino que se han agigantado al impulso de las políticas neoliberales.” (1)

¿Antropoceno o Capitaloceno?

Hace ya tiempo que se viene hablando del inicio de una nueva era geológica, el Antropoceno, que por el impacto de la actividad humana sobre todo el planeta, habría definido el final del Holoceno, la etapa histórica que coincide con el inicio de la agricultura y la expansión y evolución de las distintas civilizaciones humanas, es decir, a grosso modo los últimos doce mil años. Se habla también de que ya iniciamos la Sexta Extinción Masiva de Especies, luego de la Quinta que tuvo lugar hace sesenta y cinco millones de años (en la que desaparecieron la mayoría de los seres vivos, incluidos los dinosaurios), aunque en esta oportunidad sería la primera extinción masiva sucedida en la historia de nuestro planeta que es causada por el propio ser humano.

Sin embargo, hay quienes sostenemos una mirada más crítica respecto de los responsables de este rumbo suicida. No vemos en el ser humano en general la causa de la grave situación, sino específicamente en la modalidad de organización social que regula las relaciones de casi todos los humanos en el planeta, y en la lógica de su funcionamiento: me refiero al orden social capitalista. Es esta organización social la que actúa como un cáncer que va generando un comportamiento autista, donde los principales protagonistas actúan movidos por intereses individuales, egoístas y cortoplacistas, que sólo obedecen a esas lógicas demenciales que tienen dos prioridades absolutas, por encima de cualquier otra consideración: la búsqueda de la máxima ganancia (a nivel micro) y del máximo crecimiento (a nivel macro).

¿Por qué razón o por qué vías hemos llegado a engendrar un orden social, donde la base económica se mueve en función de obtener la mayor rentabilidad a costa de cualquier otra cosa? Pues porque existe una regla de juego fundamental, que orienta la conducta de los que actúen como empresarios en este sistema: es la competencia. Quienquiera que desee desarrollar una actividad, puede invertir su capital donde se le ocurra. Sólo está sujeto a una condición: ser competitivo y tener a quién vender su producción.

 

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En nuestro sistema económico no se produce para el autoconsumo. Se produce para vender en el mercado. Por lo tanto siempre deben existir personas con poder adquisitivo dispuestas a adquirir lo que se produzca. Pero con el peligro permanente que puede haber otros agentes económicos que hagan la misma mercancía y disputen por los mismos consumidores (eso es la competencia). Y el empresario que sea más competitivo, ofrezca los mejores productos, se quedará con el favor del mercado.

¿Qué le sucederá al que es menos competitivo? Perdería los clientes, podría llegar a fundirse y a perder además todo lo que invirtió. Y en tal caso, nadie saldría en su ayuda. El mercado lo “castigaría” por ineficiente. De manera que la señal clara del orden económico es ser más competitivo y ganar clientes, o arriesgarse a perder.

Pero ¿cómo ser más competitivo? No existe una fórmula ganadora, pero sí pautas: hay que llegar con un producto mejor, más barato, de mayor calidad, más atractivo, más innovador, etc. Para lograrlo hay que invertir (en tecnología, ampliación de escala de producción, etc). Y para invertir hay que tener recursos. ¿De dónde sacar recursos para la lucha competitiva? La única fuente genuina es la que brinda la propia actividad: la ganancia.

Para resumir, si quiero ser competitivo, sobrevivir y crecer, tengo que invertir. Para invertir debo ganar. Si no gano, no invierto, no soy competitivo, y puedo perderlo todo (y entonces nadie me va a ayudar). De manera que ganar no es una cuestión de gustos o valores, es una necesidad imperiosa que imponen las reglas de juego de la economía capitalista. Y no deja lugar a otras consideraciones, sociales, ambientales o de vida. Esto va desarrollando una conducta generalizada que se hace costumbre y cultura, y que no queda sólo en el ámbito de la economía, sino que se expande hacia el resto de las relaciones sociales.

Este comportamiento productivista generalizado conduce a un proceso donde los ganadores van a invertir y ampliar permanentemente su escala de producción para ser cada vez más competitivos y ganar más mercados. Se llega entonces a la segunda gran aberración del sistema: el crecimiento económico permanente. Cada vez hay mayor capacidad productiva, se generan más productos, la economía crece, y eso se refleja en el aumento incesante de un indicador “estrella” del sistema: el PBI (Producto Bruto Interno). El mismo trata de medir la cantidad total de nuevos bienes y servicios finales que produce un sistema económico durante un período de tiempo, y su incremento pasa a ser el objetivo central de quienes gobiernan una sociedad. Todas las políticas se orientan a tal fin, ya que es la medida del éxito o fracaso de una gestión.

Pero, ¿qué significa el crecimiento permanente? ¿Qué implica buscar que el PBI aumente año a año, a las mayores tasas posibles? Significa que esa economía funciona de manera tal que cada vez extrae mayor cantidad de recursos de la naturaleza, y a la vez genera y arroja mayor cantidad de desechos y residuos. No interesa cómo ni a qué costo. No se considera todos los bienes comunes que se destruyen, aunque muchos que son esenciales para la vida no se recuperen nunca más, y comiencen a escasear. Tampoco se tiene en cuenta si se genera empleo, si se distribuye de manera equitativa el fruto del crecimiento, o si el conjunto de la población disfruta de mejores condiciones de vida.

Si se fabrican armas para destruir y matar, si se extraen peces hasta el agotamiento, si se desmonta y se arrasa con bosques para dejar territorios desiertos, si se sacan minerales y recursos hidrocarburíferas que no se repondrán jamás, si se agota el suelo fértil con técnicas depredadoras y contaminantes, si se reemplazan mil obreros por máquinas (dejando mil familias desocupadas), todo eso aumenta el PBI e implica mayor crecimiento. Y si ese crecimiento se concentra en cada vez menor cantidad de personas no interesa. Es el resultado lógico de la competencia, como regla de juego fundamental del sistema, y de sus dos grandes objetivos (aberraciones): obtener la máxima ganancia de la actividad y el mayor crecimiento posible.

Las consecuencias extra económicas de la lógica económica

Esas dos grandes aberraciones generadas por las lógicas que se imponen en la base económica de nuestra sociedad (búsqueda de la máxima ganancia y del máximo crecimiento), producen efectos ‘extraeconómicos’ o grandes males sociales, que se agigantan en la medida que el sistema se expande a escala mundial. Se trata de la crisis humanitaria y la crisis ambiental, componentes básicos de la crisis civilizatoria que vivimos actualmente.

Inseguridad, privaciones de bienes y servicios esenciales, violencia, marginalidad, guerras y conflictos armados, pestes, emigrados y refugiados, tráfico de órganos y de personas, cadenas de drogadicción y prostitución, corrupción en todos los niveles, indiferencia social antes los más vulnerables (niños, enfermos, ancianos, etc), agresividad en todos los niveles, discriminación, insatisfacción, son sólo un pálido reflejo de lo que ofrece el capitalismo al mundo como forma de organización social.

Las tendencias estructurales al crecimiento polarizado y desigual condena a más de la mitad de la población mundial a vivir la pobreza estructural, en tanto que más de dos mil millones de seres humanos pasan hambre cada día. Viven y mueren miserablemente, mientras apenas el uno por ciento de la población acapara más del 50% de las riquezas existentes.

La creciente concentración paralela a la exclusión social, no se detiene nunca en el marco de este sistema, y deja cada vez menos espacios incluso para la lucha competitiva de sectores menos acomodados, que son abatidos ante el avance arrollador de las más grandes corporaciones transnacionales. La estructura de las economías muestran mercados y sectores que están en manos de muy pocas o sólo una gran empresa, y en paralelo a esa concentración se reproduce una estructura social donde muy pocos reciben los supuestos beneficios del progreso.

En paralelo a esta crisis humanitaria que incluye muchas otras consecuencias, la marcha del capitalismo implica y requiere imprescindiblemente el crecimiento sostenido e indefinido, que en términos materiales significa que cada vez sacamos mayor cantidad de recursos de la naturaleza a la que también pertenecemos los humanos (destruyendo nuestros bienes comunes) y a la vez arrojamos desechos y residuos que alteran el entorno en el que vivimos. Y ambas cosas a velocidades y magnitudes crecientes.

 

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Luego de andar depredando y destruyendo durante más de un siglo de “desarrollo pleno de las fuerzas productivas (destructivas)” se ponen en evidencia de manera dramática las terribles consecuencias de ese accionar sobre el ambiente. Muchos bienes esenciales para la vida han comenzado a ser cada vez más escasos, muchas especies vegetales y animales se extinguen a tasas inéditas, y los cambios en el entorno que ha permitido la vida humana alcanzan niveles de peligros inminentes para la propia continuidad de nuestra existencia.” (3)

El ex secretario general de las Naciones Unidad, Ban Kee Moon, lo expresó con mucha claridad: “la humanidad se encamina hacia el abismo y tiene el pie atado al acelerador”. Permanecer indiferentes frente a este escenario de gravedad inusitada es el peor de los caminos. El cambio de rumbo es más necesario y urgente que nunca antes. Cambiar no sólo las lógicas económicas, sino al resto del orden social que ha sido puesto a su servicio: la política, la cultura, la ciencia y la tecnología, la educación.

El resultado de esta evolución nos trae a la realidad actual y a los graves problemas humanitarios y ambientales comentados, que son la consecuencia natural de la dinámica de este sistema. Nos muestra que la sociedad capitalista opera como un monstruo de muchos tentáculos que obedecen al cerebro de la economía y de sus lógicas demenciales.

Pero que nos debe hacer reflexionar sobre la necesidad imperiosa de trabajar por el cambio social, de transitar de manera urgente por caminos alternativos, que contemplen modificaciones a los diferentes “órdenes” de esta sociedad, que están subordinados y al servicio de la acumulación desenfrenada de riquezas, de la creciente e incesante concentración de la misma en muy pocos, y del crecimiento infinito e imposible en el marco de un planeta que es finito, que lo estamos destruyendo, y que es el único hogar que tenemos los seres humanos”.

Por la construcción de otros mundos

Por esa razón es que bregamos por la construcción de otros mundos posibles y necesarios, que demandan cambios a nivel individual, de grupos y de toda la comunidad. Que requieren otras formas de producir, de consumir y de convivir. Que necesitan otros pensamientos y otras gafas para mirar la realidad. Que ya están caminando muchos seres humanos en distintos lugares del planeta y de nuestro propio país. Que lo ha de construir cada pueblo y cada comunidad en función de sus realidades y sus culturas. Y con el mayor protagonismo posible de todos. Porque, en este sentido, lo que hagamos hoy definirá cuál será nuestro futuro. Y seguir como vamos no es una alternativa, sino el camino seguro hacia el abismo.

Y ese cambio, además de necesario es posible. Ya está sucediendo en los diversos órdenes de la sociedad. Aunque atomizado e incipiente, busca desarrollarse entre los intersticios que dejan los tentáculos del pulpo. Son las señales de los nuevos mundos que debemos impulsar. En el consumo solidario y la economía social. En las relaciones de cooperación y ayuda mutua. En los trabajadores que ante la amenaza de cierre de sus empresas deciden tomar ellos mismos la responsabilidad de conducirlas. En la soberanía alimentaria y la agroecología. En la pequeña producción campesina. En las experiencias de las eco aldeas, de las ciudades en transición. En las nuevas fuentes de energía limpias y sustentables. En el trabajo voluntario a favor de las comunidades relegadas y los barrios periféricos.

En la dura tarea de muchos docentes que no se rinden ante el poder de la verticalidad institucional y ensayan otras formas de educación y otros contenidos al servicio de la libertad. En la anónima acción cotidiana de muchos investigadores que desafían los intereses económicos y las presiones de sus autoridades, aunque les cueste muchas veces hasta sus carreras. En los periodistas independientes y los medios populares y alternativos que enfrentan la censura y las persecuciones, y arriesgan sus fuentes de trabajo, para denunciar las injusticias del sistema y apoyar las múltiples resistencias. En los numerosos movimientos sociales, las asambleas ciudadanas, los grupos de militancia por los derechos de la mujer, por la protección del ambiente, por la defensa de los derechos humanos y de la soberanía nacional. En el ejemplo de los pueblos originarios, que siguen con su resistencia ancestral contra el genocidio y el saqueo.

Todos son gérmenes del necesario nuevo orden social que debemos construir entre todos. Un mundo plural y solidario. Una sociedad donde vivamos en armonía, con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la naturaleza de la cual formamos parte. Por nosotros, por los miles de millones de seres humanos que más sufren, por las futuras generaciones con derecho a seguir viviendo en este planeta.

Por último rescato que “somos la primera generación que se enfrente al peligro de su desaparición, y somos la última que puede evitarlo…”

 Vivir bien y bello

Por Daniel Tirso Fiorotto**

¿Qué es el arroyo Espinillo? Agua, arena, monte, lluvia, sequía, arcillas, barro, aves, peces, mariposas, pescadores, turistas, enamorados, horticultores, federalismo, autonomía, revolución, aulas, templo, juntas de gobierno, soja, herbicidas, insecticidas, arraigo, desarraigo, desmonte, futuro sitio Ramsar, maíz, olores, colores, pan casero, sueños, puentes, peligro, velocidad en la ruta, paz, peleas, meditación, rueda de mate, juegos, asado en la orilla, negocios, cooperativa, sociedad anónima, hospitalidad, lucro, chamamé, milonga, cuarteto, automóvil, tractor, cabalgata. Todo eso y mucho más es el arroyo Espinillo, no como suma de partes sino en sinergia. El biguá come un pez, la milonga dice autonomía; el insecticida termina con la abeja, el auto con la comadreja, la solidaridad con el desarraigo. Si definimos el arroyo como un “caudal corto de agua” caeremos pues en un reduccionismo.

La Junta Abya yala por los Pueblos Libres (JAPL) se propone compartir conocimientos y pareceres para facilitar mutuamente una mirada integral, atravesando los diques de los compartimentos estancos, propios del sistema impuesto. Y rompiendo localismos, chovinismos y estrecheces por el estilo. Esa mirada desatada de los cánones occidentales modernos eurocentrados será decolonial, y serán múltiples los caminos de acceso a esos conocimientos.

La JAPL elige por ahí encuentros que permitan burlar especializaciones y dejen al desnudo la simbiosis entre biodiversidad, artes, historia, saberes heredados, economía, alimentos, antropología, oficios, prácticas, relaciones sociales, etc. Otras veces realiza intercambios por vías digitales o ruedas donde se expresan las miradas de un tema desde distintos ángulos, sin imponer síntesis.

La JAPL es una asamblea. Nos cuesta, como a las mayorías, arrancarnos las cáscaras del sistema presentado como único y agarrado de las instituciones y los “próceres”.

Buscamos conocer modos de vivir y ver la vida y el universo o multiverso en los pueblos, los principios compartidos por distintas culturas en miles de años y en la actualidad, las conductas de los grupos considerados marginales por la historia más difundida -esclavizados, siervos, colonizados, cimarrones, desocupados, “subalternos”, obreros, campesinos, tantos menospreciados y menospreciadas- hacemos una re lectura de pensamientos, historias, ciencias y procesos, prevenidos de relatos y prejuicios atornillados. Estamos hablando de intenciones, no de logros.

Tratamos de recuperar saberes, principalmente del Abya yala (América), como la armonía del ser humano en la naturaleza, el vivir bien y bello y buen convivir (sumak kawsay, tekó porá); y así complementariedad y solidaridad, comunidad, biodiversidad, austeridad, unidad de fondo. O tradiciones como la veneración de la Pachamama o el sistema de reciprocidad.

Nos detenemos en cosmovisiones y actitudes de nuestros pueblos que la conquista pretendió sepultar o desnaturalizar -la resistencia por caso-; y en nudos como el colonialismo, el racismo en sus diversas manifestaciones o el patriarcado.

Como dice Luis Lafferriere: bregamos por otra forma de producir, consumir y convivir, sustentable, pero no nos hemos propuesto prácticas sino conocimientos que puedan estimular nuestra conciencia. Estudiamos la revolución federal artiguista, en especial el concepto de soberanía particular de los pueblos, y no formulamos un orden social para el mundo entero, que reemplace al actual sistema destructivo, sostenido en una red de sobornos, en la que calza el periodismo, siempre con excepciones. Para bajar recetas, ya está Occidente.

Un documento reciente por una “economía de guerra a los privilegios” sintetiza nuestras inquietudes en el plano social. Allí los grupos concentrados son vistos como obstáculos. Pero también se marcan privilegios y vicios naturalizados en las comunidades -el consumismo por caso, o las prerrogativas de algunos sectores- que complican la conciencia por la emancipación porque nos parasitan.

Ruedas de mate, canciones, danzas, marchas: la mirada decolonial no se ciñe a estructuras ni anda llorando amarguras.

 

 

* Profesor Titular de Economía y Periodismo Económico, director del Programa de extensión de cátedras “Por una nueva economía, humana y sustentable”, carrera de Comunicación Social de la UNER.

**Periodista, Licenciado en Comunicación Social y miembro activo de la Junta Abya Yala Por los Pueblos Libres.


(1) Programa de la materia “Problemas Contemporáneos de la Comunicación”, Crisis civilizatoria y comunicación social, a cargo de los docentes Luis Lafferriere y Víctor Fleitas, en la carrera de Comunicación Social UNER.

Bibliografía

Lafferriere, Luis (2017). “Un cáncer que está devorando a la humanidad”.

Lafferriere, Luis (2016). “Capitalismo en crisis, humanidad en peligro… y llega Trump!”.

 

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