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La automatización, esa emergente amenaza al empleo

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Por Germán Orsini* | Fotos: Bernardino Ávila y Gala Abramovich

Los procesos de automatización potenciados por el uso de la inteligencia artificial, refuerzan la disminución del poder de negociación laboral y la sustitución de trabajo por capital, de forma transversal a todos los sectores económicos. Cuáles deberán ser las tareas del Estado frente al crecimiento de la polarización y la desigualdad social.

 

En las economías centrales, y en menor medida en las periféricas, se observa en las últimas décadas una marcada desindustrialización. Este proceso presenta como fenómenos observables: una caída relativa del empleo industrial y rígido; un aumento (relativo, según la región económica) del sector terciario de la economía (servicios); la imposición de la economía de la información, ligada a empleos flexibles e inestables; y la desinstalación o reubicación (con diseminación) de los grandes complejos industriales. Los países con industrias clásicas de producción de bienes en gran volumen se han relocalizado geopolíticamente en el sur (principalmente en India y China), alterando los patrones de comercio de los países periféricos, dado que en poco tiempo pasaron de un comercio norte-sur a un comercio sur-sur. Sin embargo, la clásica división internacional del trabajo y la ventaja comparativa basada en la abundancia de recursos naturales sigue explicando gran parte del comercio mundial.

El proceso de desindustrialización no sólo provoca la pérdida de empleos, sino también el estancamiento de los salarios y la desaparición de un número muy grande de empresas, tanto por la relocalización antes mencionada como por la competencia que ofrecen las “nuevas fábricas del mundo”, que basan su ventaja comparativa en los bajos salarios percibidos por los obreros industriales. Para ejemplificar, en los Estados Unidos, el PBI de la industria manufacturera tuvo una participación respecto del PBI total del 27% durante los años sesenta, momento a partir del cual comenzó a reducirse hasta alcanzar apenas un 11,7% en el año 2010, a medida que las corporaciones multinacionales fueron relocalizándose, principalmente en países asiáticos. Este proceso ha sido compensado, en parte, por la reasignación de los trabajadores expulsados desde estos sectores hacia el sector terciario (Servicios).

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La aceleración hacia una sociedad automatizada

Ante este panorama, debemos preguntarnos ¿cómo nos afecta la automatización? La respuesta se encuentra claramente ligada, por un lado, al tipo de estructura productiva del país y, por otro, a su rol dentro del comercio mundial.

En este sentido, parece instalarse una idea generalizada de que, en todo el planeta, habrá una drástica disminución de los empleos estables, seguros y con protección social, vector fundamental de integración social, pero ¿esto es un fenómeno atribuible únicamente a la automatización? Claro que no.

Dentro de las múltiples razones se encuentran cuestiones políticas- como la creciente debilidad de los sindicatos ligada a los procesos que se iniciaron con los Gobiernos de Thatcher (UK) y Reagan (USA) para reducirlos- como económicas,-procesos de individuación y mercados oligopólicos, junto a políticas de corte neoliberal de reducción de costos laborales en pos de la eficiencia económica basados en supuestos aumentos de competitividad en un escenario de comercio mundial de suma cero-. Por lo tanto, la automatización refuerza la disminución del poder de negociación laboral y la sustitución de trabajo por capital que ya se venía observando.

Sin embargo, surge inmediatamente otra pregunta ¿qué sectores laborales son los que pueden sufrir más este proceso que luce como impostergable? La automatización, o la tecnología en general, amenaza al empleo en forma transversal sin distinguir sector económico, inicialmente afectó al sector primario (con la inclusión de las cosechadoras), luego al sector industrial manufacturero (con la creciente incorporación de robots) y luego al terciario, principalmente servicios (sustituyendo la atención personalizada con la atención automática, en sectores importantes como el bancario y el comercio, tanto mayorista como minorista).

Este proceso de automatización, que no es nuevo, potenciado por el uso de la inteligencia artificial, es visibilizado como una emergente amenaza al empleo en todos los sectores económicos.

La transformación de una sociedad agraria a otra industrial fue lineal mientras que la aceleración actual hacia una sociedad automatizada resulta exponencial. La economía nuevamente será golpeada por una ola –en este caso, de automatización y robotización-, la cual está llegando a lugares impensados hasta ahora, afectando no solo a trabajos rutinarios sino a labores experticias en finanzas, medicina, contables; que son intensivas en conocimientos. Por ejemplo, en Reino Unido se calcula que están en riesgo unos 3,6 millones de puestos de trabajo, donde los de mayor riesgo son comercio minorista, atención al cliente y trabajos en logística. En el caso de España, se estima que el avance de la automatización amenaza el 21.7% de los empleos (JD.com es una plataforma china de comercio electrónico, inauguró el año pasado un centro en Shanghái que procesa 200.000 órdenes diarias con sólo cuatro trabajadores).

Dentro de las características de las personas que están en mayor riesgo de ser desplazadas por la automatización se destacan las mujeres y los trabajadores part-time. Pero la cuestión no termina aquí: en el sector primario, de uso intensivo de mano de obra también se eliminan los empleos, incluso aquellos que se creían menos vulnerables a la automatización, como la recolección de frutillas o arándanos, ya se ha inventado un robot que recolecta 25.000 frutillas por día. Después de decidir su madurez, el robot arranca la fruta con su brazo de agarre y la deposita cautelosamente en una canasta de espera. Todo el proceso toma aproximadamente un minuto para una única pieza. Si bien parece costoso adquirir un robot cuyo desarrollarlo costó unos 880.000 dólares, en el Reino Unido esta nueva tecnología resulta muy atractiva debido a los elevados costos laborales por falta de oferta de trabajadores temporales debido al Brexit (la mano de obra en estos sectores representa el 50% de los costos totales) con una perspectiva cooperativa: la idea no es comprar un robot por granja, sino su alquiler y uso compartido entre los diferentes productores, modificando incluso las relaciones empresariales.

La adaptación a esta nueva economía dictada por algoritmos, procesos automatizados y robots será difícil, y genera en la población (ya sea de manera justa o injusta) más miedos e incertidumbres que esperanza, sumado a que las tareas de reentrenamiento y reinserción laboral no serán costeadas por el mercado.

Este nuevo contexto se asimila cada vez más a la ciencia ficción: pronto los automóviles comenzarán a conducirse solos, lo que se traduce en menos choferes de camiones; la conexión de Siri (asistente Apple) con Watson (asistente IBM) permitirá la automatización de diferentes tareas que actualmente realizan los representantes de atención al cliente; la incorporación de robots para la logística de almacenamiento también se traduce en menos puestos de trabajo. Así, la era del desempleo tecnológico está a la vuelta de la esquina, donde las máquinas están demostrando habilidades que antes no tenían: entienden, hablan, escuchan, ven, responde, escriben y no dejan de adquirir nuevas habilidades… Pero, ¿es el fin del trabajo? ¡Claro que no! Estamos creando un mundo donde la concepción del trabajo, como hoy lo concebimos, tiende a desaparecer; estamos ante la agonía de que gran parte del trabajo tradicional tiende a ser reemplazado por la tecnología, creando, al mismo tiempo, nuevos trabajos y nuevas especificidades. Además, es posible imaginar que hay un límite a esta sustitución y esto tiene que ver con la empatía y la calidez humana, la creatividad y otras cuestiones inherentes al ser humano que no pueden ser reproducidas por máquinas.

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Precarización y desigualdad en el mundo del futuro

Por otra parte, ¿podemos asociar la automatización a procesos de precariedad laboral, bajos salarios y desempleo? ¡Claro que sí! El impacto va a depender de cada país, de sus respectivas estructuras productivas y las políticas laborables que se apliquen para la creación de nuevos empleos, vinculados principalmente a la informática, la tecnología y la información, como los analistas de datos, los expertos en inteligencia artificial y machine learning y directores generales y de operaciones de alta capacitación. Estos empleos, que se caracterizan por ser bien remunerados deberán convivir con la denominada uberización laboral, es decir, empleos súper precarios, no regulados y de baja calificación, transporte de pasajeros o reparto de bienes en las grandes ciudades (Uber, Glovo, Pedidosya, etc.)

Según los especialistas, los nuevos empleos se darán en ocupaciones en las que dominan las tareas no rutinarias, tanto las muy cualificadas y más abstractas como aquellas que, necesitando poca cualificación, precisan de habilidad manual o comunicación interpersonal. Y, en este sentido, las universidades tienen un rol fundamental, vinculado con la formación de profesionales que respondan a estos nuevos perfiles; pero, ¿están preparadas para formar profesionales con estas características? Como integrantes del sistema universitario, ¿estamos haciendo algo al respecto? Las empresas buscan talentos y hallan problemas: en esta era digital plantean la necesidad de personas con una rápida capacidad de aprendizaje y que sean aún más rápidas olvidando lo aprendido si esto se convierte en un inhibidor para aceptar lo nuevo.

Hay un imaginario colectivo donde pierden peso los horarios, la ubicación física y gana terreno una sociedad que quiere trabajar menos horas y que reivindica el tiempo libre como condición de la libertad, entonces, los robots podrían hacer nuestro trabajo y nosotros tener mayores libertades; ¿es esto posible?

En principio no es tan sencillo, dado que también aumentan las formas de trabajo no convencionales (autónomos, teletrabajo), las empresas tercerizan más tareas que nunca mientras surgen estructuras digitales que intermedian entre la oferta y demanda de trabajo. Entonces, ¿quiénes son los ganadores y perdedores en estos nuevos escenarios? Claramente los trabajadores más calificados quedan mejor posicionados en estos nuevos escenarios. Además, otro de los temas que más preocupa es la falta de discusión de estos cuestionamientos en las agendas de los gobiernos, que parecen preservar su rol pasivo y despreocupado ante un escenario tan dinámico.

Las maquinas entonces permiten aumentar la eficiencia y la riqueza, y al mismo tiempo liberan horas de trabajo arduo y monótono. Actualmente, crear un objeto es tan fácil como imprimir un documento, existen nuevas y fantásticas oportunidades, es una época donde se amplían infinitamente las posibilidades. ¿Qué podría salir mal entonces en esta nueva era de la máquina?

Particularmente, se generan dos grandes desafíos: el primero es económico y está relacionado con los retornos al trabajo y al capital mientras que el segundo corresponde a desafíos sociales al aumentarse la polarización y la desigualdad. En lo que respecta al primero de ellos, desde los años 70 los retornos de los asalariados no acompañan los aumentos de productividad y presenta una tendencia a la baja y, por otro lado, los retornos al capital muestran –contrariamente- una tendencia positiva, dando lugar a un gran dilema: quién va a comprar los bienes de creciente calidad y sofisticación con una clase media en declive, porque los robots claramente no consumen zapatillas, autos, smartphone, etc. El capitalismo financiero patrimonial nos ha indicado que la gente se ha endeudado crecientemente y el rol de los mercados financieros ha sido protagonista para sostener la demanda agregada. La clase media estable y próspera de los años de post segunda guerra mundial ya no existe, esta degradada y amenaza, los ingresos medios familiares han disminuido y todo se ha convertido en un círculo vicioso de desigualdad, donde la polarización entre los estratos inferiores y superiores crece cada vez más con el correr del tiempo.

Entonces, surgen desafíos sociales importantes con este tipo de desigualdad: por un lado, se encuentran los trabajadores profesionales que tiene empleos profesionales, en cargos gerenciales, directivos y con niveles educativos universitarios (abogados, doctores, ingenieros, entre otros) y, por otro, los trabajadores con empleos rutinarios, dependientes, manuales, de baja capacitación (los que seguramente se verán más amenazados con la automatización). La evolución de estos grupos durante los últimos 15 años, de muestra que los primeros han logrado mantener el empleo mientras que los otros lo han ido perdido.

Surge así una gran masa de personas desempleadas, con baja o media calificación, las cuales no pueden ser reabsorbidas por el mercado de manera rápida (sabemos que el mercado es muy lento reasignando recursos humanos) abriendo así otro interrogante: ¿quién se va a ser cargo de la transición? ¿El Estado? ¿De qué manera? ¿Con qué financiamiento?

Los gobiernos se encuentran frente a un complejo reto: definir cómo compensarán la sustitución y pérdida de puestos de trabajo tradicionales frente a un posible escenario de desocupación creciente. En varios países se están considerando medidas paliativas a las distorsiones que ya están ocurriendo como resultado de estos desarrollos. Bill Gates propuso hace dos años un impuesto a la robotización para compensar la pérdida de ingresos tributarios que origina la sustitución de personas que perciben salarios (y pagan IVA, ganancias) por robots que constituyen capital y no tributan. Otros proponen la reducción de las horas de trabajo o el otorgamiento de una renta mínima ciudadana universal, la reducción de la edad de retiro, vacaciones más prolongadas, servicio nacional voluntario, incentivos fiscales para el empleo de personas, educación permanente o revalorización de actividades no lucrativas. El repertorio también incluye iniciativas utópicas que reformulan las bases mismas del contrato social (Proyecto Venus, Ecología de Fuentes Abiertas, Optimismo Libertario) o imaginan una suerte de «socialismo utópico de la posescasez» en el que trabajar quedaría reservado a los robots. (Oscar Oszlak, La Nación 18 de junio de 2019).

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La ganancia que pueda obtenerse de este proceso de automatización se verá opacada por la cada vez mayor desigualdad social, que surge por varios motivos, dentro de los cuales pueden mencionarse la falta de regulaciones públicas sobre los grandes monopolios tecnológicos que generan innovaciones disruptivas (Facebook, Google, Microsoft, Apple, Samsung, etc.); la no remuneración acorde de tareas relacionadas con cuestiones emotivas o de empatía o relacionadas con la capacitación (enfermeros, cuidadores de ancianos, maestros, etc); la concentración en la propiedad de los medios de producción; la disminución del poder sindical; el estancamiento salarial; entre otras.

Las tecnologías ocuparán el lugar que los humanos permitan, pero para ello tendrán que garantizar el bienestar de las grandes mayorías y no sólo ser rentables para unos pocos. Las desigualdades sociales, el desempleo, la pobreza, la contaminación no la generan las tecnologías, sino las políticas, los programas económicos, las leyes y el contrato social que se establezca.

 

*Germán Orsini es Doctor en Ciencias Sociales. Docente e investigador de la Facultada de Ciencias Económicas (UNER).

 

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