Racismo, feminismos y la interseccionalidad que debemos conseguir

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Por Patricia Bustamante* | Fotos: Laura Reyes**

En el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, una reflexión feminista sobre las implicancias de la interseccionalidad en la lucha antirracista.

 

Conmemoramos un día de lucha, el día en que la policía sudafricana reprimió una manifestación pacífica contra la Ley de Pases del régimen del apartheid, masacrando a 69 personas. El 21 de marzo de 1960, en la memoria.

Tampoco podemos olvidar que las políticas coloniales establecieron categorías de derechos en relación a las características fenotípicas de cada quien, repercutiendo aún hoy en todo el mundo. Distintos niveles de violencia se han ejercido sobre miles y millones de cuerpos por nacer más o menos alejados del blanco hegemónico.

La cultura del etiquetado muchas veces nos lleva a encuadrar las demandas de ciertas comunidades. Así, se relaciona a mapuches con la problemática por la tierra, a wichis con condiciones de pobreza extrema, a senegaleses con la violencia policial y así. Por eso quise aprovechar esta oportunidad, para tomar lo que he aprendido de distintas compañeras y dejar planteados algunos cruces que el movimiento feminista, tan diverso, me ha permitido conocer. La idea es poder aportar un par de líneas para la discusión en este día, más allá de los lugares comunes y la charla sobre interculturalidad e integración en términos generales asociada a la efeméride.

Al leer sobre los desafíos que enfrentaron las primeras feministas negras en Estados Unidos, no puedo evitar pensar en los que enfrentaron las sufragistas en Francia. Así como el movimiento revolucionario dio la espalda a las mujeres por considerar “otras prioridades”, una de las críticas que hacían las compañeras en Estados Unidos, era hacia los propios movimientos antirracistas, por no tomar las reivindicaciones antisexistas.

Kimberlé Crenshaw en una charla TED[1] pide al público, de pie, que actúen a partir de una consigna: que tomen asiento si es que no conocen algunos de los nombres que va a enunciar a partir de dos listas de personas afroamericanas, que fueron asesinadas por violencia institucional. Luego de la primera lista, queda mucha gente de pie y después de la segunda, sólo cuatro personas. ¿La diferencia? La segunda lista estaba conformada únicamente por mujeres. Ante la evidencia, procede a explicar que la muerte de esas compañeras es invisibilizada y por qué el no tenerlas en un marco de referencia, incide en la conciencia colectiva y, en consecuencia, en las políticas públicas y decisiones de las autoridades. Llama a nombrarlas y conocer sus historias.

Crenshaw fue quién acuñó en los ochentas el término “interseccionalidad”, a partir del caso de Emma DeGraffenreid, una mujer afroamericana que demandó a una empresa automotriz por discriminarla y no contratarla al ser una mujer afroamericana. El juzgado que llevó el caso, no dio lugar a su pedido al tomar por separado “mujer” y “afroamericana”. Lo anterior, toda vez que la empresa sí contrataba mujeres -blancas- en lugares administrativos, y afroamericanos -varones- para tareas industriales o de mantenimiento. Así, al no considerar a Emma como mujer afroamericana, y separar su identidad, quedaba borrada la razón de la discriminación real.

Ennegrecer a los feminismos

La interseccionalidad es uno de los términos más utilizados en el último tiempo por las feministas, ya que nos permite visibilizar, y en consecuencia exigir respuestas acordes, a las distintas opresiones que nos pueden atravesar. Así, por ejemplo, no es lo mismo hablar de migrantes en general, que de la realidad de las compañeras migrantes pertenecientes a pueblos originarios de Latinoamérica.

Más allá de que resulta clara la discriminación racial, en general, cuando se habla de migraciones en Argentina, distinguiéndose entre “los fundadores” y los “otros”, el omitir las “intersecciones” que se dan en las femineidades como en el ejemplo, es privarnos del marco de referencia y, por ende, invisibilizar esa situación del ojo público. Las nadies, las invisibles. Esas otredades que quedan borradas de la historia.

Gracias a Juliana Borges[2] conocí un texto de Sueli Carneiro llamado “Ennegrecer el feminismo”[3], que habla de la violencia sexual colonial (contra mujeres negras y originarias) como “el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presentes en la sociedades” e interpela a los feminismos de las sociedades latinoamericanas a tener como “principal eje articulador al racismo y su impacto sobre las relaciones de género”.

Sueli se pregunta, en relación al mito de la fragilidad femenina y el llamado paternalismo ejercido por varones en consecuencia, de qué mujeres se está hablando. No han sido las mujeres negras ni las originarias quienes han sido sujetos de protección en algún momento, sino por el contrario, han sido objeto de mercancía y fuerza de trabajo por siglos. “Parte de un contingente con identidad de objeto”, señala.

Imposible en una nota de opinión (y quizás en una biblioteca entera) profundizar o siquiera mencionar todos los posibles entrecruzamientos que afectan a las personas no blancas, por no serlo y por otras opresiones. Sin embargo, quiero tomar el punto de la cosificación y sexualización de los cuerpos femeninos afrodescendientes y descendientes de pueblos originarios, con uno de mis temas de estudio, que es la violencia sexual.

La sexualización de los cuerpos femeninos afrodescendientes es un tema absolutamente vigente. Hace unos meses, la modelo y cantante afrofeminista, Mercedes Argudin, denunció en su cuenta de Instagram[4] que habían tratado de echarla de una playa pública acusándola de hacer “poses eróticas” no aptas para el público infantil. Las fotos eran similares a las de cualquier revista de moda, de las que esas mismas personas probablemente no tengan problema que sus hijes vean.

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La agresión que sufrió Mercedes, fue una de las tantas violencias racistas de distinta intensidad que sufren cada día femineidades afrodescendientes por el solo hecho de serlo (femineidades + afrodescendientes). Sin embargo, me pareció interesante contarla porque de ahí, de ese “erotismo” con el que fue etiquetado su cuerpo, surgen invisibilizaciones en el marco de la violencia sexual.

Aún subyace el estereotipo que pesa sobre las femineidades negras como objeto de placer. En este sentido, lo que nos planteaba Sueli sobre la violencia sexual colonial se ve de manera clara. Juliana Borges toma una de las interrogantes de Sueli y reformula “¿De qué mujeres estamos hablando cuando hablamos de victimización? ¿Cuáles son las mujeres consideradas víctimas?”, siendo que las mujeres negras y originarias han sido criminalizadas siempre. En relación a los cuerpos femeninos negros[5], Juliana señala que han sido objeto de control público siempre y la construcción de la “obscuridad femenina negra” es un factor que impide que una mujer negra sea considerada víctima sexual.

Nos referimos a la llamada construcción de la buena o mala víctima, que tanto hemos discutido a raíz de la violencia mediática explícita con motivo del tratamiento de algunos femicidios, también presente en estos casos.

En relación a las niñas de comunidades de pueblos originarios, existe el llamado “chineo”. También tiene su origen en la violencia sexual colonial e, igualmente, subsiste a la fecha. Moira Millán relata en “EL CHINEO, un crimen de odio”[6] cómo esta práctica, consistente en la violación de niñas indígenas de entre 8 y 12 años realizada por los colonos como modo de marcar propiedad, ha operado como un cruel legado en los criollos con poder y varones afines.

Moira relata distintos casos espantosos en que las víctimas han sido niñas de distintas comunidades originarias, a lo largo y ancho del país. Violaciones ligadas a distintos vejámenes, humillaciones, lesiones para infringir marcas, mutilaciones, etc., señalando que directamente hoy el llamado chineo “ha adquirido características propias de los crímenes de odio” y se enmarcaría en lo que Rita Segato denomina “crímenes corporativos”[7].

Las características que ha adoptado el chineo en la actualidad, son entonces vistas por Moira como una continuidad de la invasión territorial histórica sufrida por las comunidades originarias, la que ve agudizada por la extrema asimetría, la imposición del temor en el colectivo, la soledad institucional y la negación de los derechos lingüísticos al existir funcionarios que se niegan a tomar la denuncia en el idioma originario.

Tanto en la sexualización de los cuerpos femeninos afrodescendientes, como en el chineo, podemos observar la violencia patriarcal construida desde un profundo racismo, una postura supremacista blanca y colonial donde la dominación de “las otras”, viene de la mano de características bastante específicas.

Otro tema que quisiera mencionar porque creo que es clave, ya que “lo que no se ve no existe”, es el de la representatividad. Casualmente en los últimos días una vez más nos sorprendimos -o no- con una foto oficial donde la presencia femenina era, no nula, pero sí escasa. Escasa y difícil de encontrar: una única mujer en traje rosa al fondo. Digamos todo, como alguien que apoya y es parte del Gobierno nacional que elige subir esa foto y consciente de que son cambios estructurales los que necesitamos.  Rápidamente surgió la interpelación que se nos ha hecho costumbre, pues, afilado el ojo y habiendo obtenido disculpas oficiales en otros casos, pareciera indicar que es algo en lo que pudiéramos incidir.

Queremos paridad, participación y visibilidad en los espacios donde el poder teje redes y toma decisiones. Sin embargo, cuando logramos estar, o incluso cuando las fotos son solo de femineidades en el poder ¿cuántas afrodescendientes o descendientes de pueblos originarios latinoamericanos o asiáticos vemos? Las hay, algunas, las que conforman la excepción en los altos cargos y a quienes seguro se les remarca ese carácter cada día, pero ¿cuáles son los rasgos que predominan? ¿Son representativos de la sociedad en que vivimos?

Como feminista antirracista, y a partir de escribir a propósito de esta fecha, me pregunto cómo podemos visibilizar los cruces de opresión que afectan a las personas que no son varones cis heterosexuales, ni son blancas, y cómo podemos incluirlo en el debate público. Ello, mientras aún luchamos por algo básico como no ser asesinadas por ser mujeres/lesbianas/travestis/trans/maricas, no ser invisibilizadas en cuanto bisexuales o no binaries y avanzar en problemáticas más complejas como la agenda de cuidados, por dar ejemplos. Creo que la respuesta es ir por todo siempre, suficiente nos han dejado atrás en acceso a derechos por las famosas prioridades y el resolver lo urgente. Vivimos en la urgencia.

Por último, no puedo dejar de nombrar a quién hiciera de la lucha interseccional feminista antirracista su vida. A quién tuvo el coraje de quienes llevan en el cuerpo los estigmas que impone la sociedad y los denunció tomando el camino de la causa colectiva. La asesinaron pero no podrán matarla nunca, porque vive en todes quienes llevamos la justicia social como bandera. ¡Marielle Franco, presente!

 


 

*Patricia Bustamante es Abogada feminista antirracista y migrante. Maestranda en DDHH en la UNLP.

**Laura Reyes es fotógrafa y ésta es su cuenta de Instagram.


 

[1] Disponible en https://www.ted.com/talks/kimberle_crenshaw_the_urgency_of_intersectionality/transcript?awesm=on.ted.com_9QY4&language=es#t-420434

[2] Juliana Borges es antropóloga, consultora del Centro de Confrontación, Monitoreo y Memoria para Combatir la Violencia de la Comisión Permanente de Derechos Humanos del Colegio de Abogadxs de Brasil y consejera de la Plataforma Brasileña de Políticas de Drogas. La conocí gracias al II Encuentro Regional “Feminismos y política criminal: una agenda feminista para la justicia” realizado en 2019 y que organizamos desde el Grupo trabajo de feminismos y justicia penal de INECIP, coordinado por Ilena Arduino. La ponencia de Juliana está disponible en https://www.youtube.com/watch?v=QDsyAv2F8Uw

[3] El texto está basado en la presentación que realizó Sueli Carneiro en el Seminario Internacional sobre Racismo, Xenofobia y Género organizado por Lolapress en Durban, Sudáfrica, el 27 – 28 de agosto 2001. Yo lo encontré traducido en link de la Universidad Nacional de Colombia https://www.bivipas.unal.edu.co/bitstream/10720/644/1/264-Sueli%20Carneiro.pdf

[4] La cuenta de Mercedes en Instagram es @mdemercedes.

[5] Juliana aclara que en Brasil no utilizan el término afrodescendiente, sino que la identidad política de unidad que han creado los movimientos afrodescendientes es “negras” que incluye a mestizas.

[6] “‘EL CHINEO’, un crimen de odio” de Moira Millan, weychafe mapuche, se encuentra publicado en “Cuerpos y libertades. Voces de mujeres indígenas”, cartilla producto del esfuerzo conjunto entre Católicas por el Derecho a Decidir Argentina, Radio la Voz Indígena de Tartagal y la Organización de Mujeres Indígenas ARETEDE. Coordinación general: Mónica Menini.

[7] Laura Segato escribe sobre la violencia contra los cuerpos de las mujeres como crímenes corporativos en su libro “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado”. En un discurso en el marco de la la Plataforma para el Diálogo: Nuevos Discursos de Odio y sus Contradiscursos en América Latina de la Sede Regional Cono Sur del Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS) señaló “Los crímenes hacia las mujeres son para satisfacer el mandato corporativo de la masculinidad. Son crímenes corporativos donde la víctima es una posición de descarte para producir y sedimentar la alianza entre los hombres. No hay odio, hay exigencias del orden corporativo de la masculinidad, un interés político patriarcal”. Disponible en http://www.calas.lat/es/noticias/rita-segato-%C2%ABnecesitamos-una-pol%C3%ADtica-plural-m%C3%A1s-de-descontrol-que-de-control%C2%BB

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