Las que mueven el mundo

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Por Maria Belen Jerez* y Rocío Agustina Arce* | Intervenciones: Andrea Sosa Alfonzo

 

Estamos en un contexto global que obligó a revisar los modelos de desarrollo. Cuando nos preguntamos sobre los esquemas productivos y económicos, las tareas de cuidado surgieron como un componente fundamental para definir un nuevo entramado social que debemos atender desde un enfoque de género.

 

La pandemia aceleró los procesos sociales y profundizó las desigualdades estructurales que venían gestándose a nivel mundial como consecuencia del sistema capitalista y sus mecanismos de dominación. Sin embargo, nos preguntamos ¿Qué hubiese sido de esta crisis sin la lucha previa de los feminismos y movimientos populares?

A partir de estas reflexiones, nos proponemos contribuir al debate de la economía de cuidados, considerándolo una de las problemáticas centrales de nuestra época. Es a partir de esto que se puede construir la supervivencia de la humanidad. Por ello intentaremos generar un aporte en la tarea de reducir, en las dimensiones posibles, su invisibilización.

En la actualidad, como consecuencia de la lucha popular y feminista, el debate sobre los cuidados ha tomado mayor preponderancia. Para comprender mejor lo que significa, primero debemos preguntarnos ¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidados?

En forma sencilla, decimos que son aquellas “actividades indispensables para satisfacer las necesidades básicas de la reproducción de las personas, brindándoles los elementos físicos y simbólicos que les permiten vivir en sociedad […]” “[…] incluye el autocuidado, el cuidado directo de otras personas (la actividad interpersonal de cuidado), la provisión de las precondiciones en que se realiza el cuidado (la limpieza, compra y preparación de alimentos) y la gestión del cuidado (coordinación de horarios, traslados, supervisión del trabajo de cuidadoras remuneradas, entre otros)” (Rodriguez Enríquez y Marzoneto, 2016)

Es así que estas tareas se desenvuelven en diversos ámbitos, por lo que pueden desarrollarse de forma no remunerada, basada en lazos familiares o comunitarios, proveerse en el sector público o puede estar comercializada y ser adquirida en el mercado.

 

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Por otro lado, cuando hacemos referencia a la economía de cuidado nos proponemos dimensionar económicamente estas tareas, es decir, desentrañar y vislumbrar la interrelación que existe, entre lo productivo y lo reproductivo, en los roles de cuidado. Los feminismos y particularmente la Economía Feminista, cuestiona la visión patriarcal de la economía que oculta aquel trabajo realizado mayoritariamente por mujeres fuera del mercado, el cual es absolutamente necesario para el sostenimiento de la vida, la reproducción social y la acumulación capitalista.

Si nos valemos de la definición clásica de trabajo la cual enuncia que es “todo tipo de acción realizada por el hombre independientemente de sus características o circunstancia”, no quedan dudas que las tareas de cuidados son trabajo. No obstante, y acá entran las inconsistencias clásicas de la economía y la ciencia, estas tareas fueron desplazadas hacia el ámbito de lo privado, invisibilizándolas y desconociéndolas como trabajo. Al llevarlas del ámbito de lo público al privado, se les negó una asignación en en el mercado y, por ende, tampoco se le considera un valor. Surge así un problema central de Argentina, y de América Latina, en donde los derechos laborales y el reconocimiento están vinculados al empleo y no al trabajo propiamente dicho.

Sin embargo son estas tareas, invisibilizadas a lo largo de la historia, la base del funcionamiento del mundo en el que vivimos y que es, a su vez, uno de los aspectos fundamentales que explican los cimientos de la desigualdad económica por motivos de género: la exclusión y precarización en el mercado laboral, las brechas salariales, la dificultad para  la capacitación y especialización, entre otras. A partir de esto, no es casualidad que las estadísticas a nivel mundial, muestran una diferencia sustancial en relación al uso de tiempo: las mujeres llevamos a cabo la mayor parte de las tareas de cuidado y de trabajo no remunerado, y a su vez obtenemos menores ingresos, enfrentando altos niveles de desempleo. Lo que contribuye al empobrecimiento sistemático de las mujeres y vulneración de nuestros derechos fundamentales.

El trabajo reproductivo[1] se ha impuesto a las mujeres y ha sido instalado como un atributo natural de nuestra condición de género. El trabajo reproductivo fue transformado en atributo natural, en vez de ser reconocido como trabajo ya que estaba destinado a no ser remunerado, menciona Silvia Federici en su ensayo Salarios contra del Trabajo Doméstico (1975).

Si bien, a partir de mediados del siglo XX las mujeres se incorporan al mercado laboral, no quedaron exentas de las responsabilidades reproductivas y se configura así una doble o triple jornada laboral, una remunerada y la otra no.

 

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Por su parte, si analizamos la participación de varones y mujeres en el trabajo no remunerado, es decir aquellas tareas que no son reconocidas como tal por el mercado, observamos que las mujeres tenemos una participación mayor que los varones.

Según la última encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo del INDEC- que si bien se encuentra desactualizada, es la única fuente de datos que tenemos al día de hoy[2]– las mujeres le dedicamos 4.17 horas a dichas tareas, frente a 1.33 horas dedicadas por los hombres. Por lo tanto, podemos decir que en Argentina el 76% de los trabajos domésticos no remunerados son realizados por mujeres. Esta división del trabajo entre varones y mujeres, se asienta sobre concepciones acerca del rol y la sensibilidad que “corresponden” cada uno en el entramado socio-cultural en el que estamos inmersos.

La crisis de cuidados en contexto de pandemia

La pandemia del COVID-19, además de llevarnos a repensar los modelos productivos y laborales, evidenció las desigualdades estructurales del capitalismo y acrecentó la crisis de cuidados. En primer lugar, al decretarse el aislamiento social, las tareas domésticas y de cuidado se potencializaron hacia dentro de los hogares, dejando al descubierto la desigual distribución de las mismas. En segundo lugar, las actividades reconocidas por el mercado que son una extensión de las tareas de cuidados -como son el trabajo en salud, servicios sociales y educación- son aquellas que fueron  denominadas “actividades esenciales” desde el día cero y que han contenido la crisis sanitaria de manera excepcional, y -que no por casualidad- son mayoritariamente las mujeres las que nos encontramos frente a dichas actividades.

Es así que las mujeres nos hallamos más expuestas frente a la pandemia, soportando dobles y triples jornadas laborales, haciendo malabares entre trabajo remunerado, teletrabajo, trabajo doméstico, trabajo voluntario, cuidado de niños/as, de adultos/as mayores, de personas con discapacidad, entre otros.

Esto nos hace preguntar ¿Quién cuidará de nosotras si nos contagiamos? Lo cual nos remonta inmediatamente al caso de Ramona Medina, una referente del barrio Padre Mujica. La respuesta en este caso, fue que ni la sociedad, ni el Estado cuidaron de ella. Este cruel relato permite visibilizar los roles que sostiene desde abajo la sociedad y que se encuentran invisibilizados y desprotegidos.

Todas estas situaciones han puesto de relieve lo que viene abordando EcoFutura: la importancia de los cuidados para la sostenibilidad de la vida y la poca visibilidad que tenía dicha problemática para los estados y la sociedad.

La pandemia sólo viene a reforzar la crisis de cuidados y a evidenciar que las falencias están estrechamente ligadas a los modos de producción capitalista y a la concepción del valor asociada al precio.

Además, según señala Elena de la Aldea en Los cuidados en tiempos de descuido (2019) se relaciona inmediatamente con la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral produciéndose un desequilibrio para la asistencia de cuidados básicos que estas mujeres antes llevaban adelante en sus hogares. Además del incremento de población envejecida por la mayor esperanza de vida, que requiere más cuidados; lxs niñxs ven su atención dificultada por las dinámicas de la organización de las ciudades y sus riesgos.

Estamos construyendo un nuevo entramado social. Podemos y debemos componer nuevas dinámicas en las cuales no se siga desplazando la responsabilidad de las tareas de cuidado al ámbito privado y se comience a entender como un componente fundamental para el desarrollo.

Es en momentos de crisis -en donde se ponen en cuestionamiento las bases de producción y construcción social- el momento para exigir y bregar por la organización social del cuidado y por la implementación real de políticas públicas integrales con una clara perspectiva de género. Es el Estado quien posee las herramientas para modificar estas cuestiones en dos dimensiones:

-desde una perspectiva estatal, institucionalizando medidas en pos de la igualdad

-desde una perspectiva cultural, modificando -a partir de esta institucionalización- los paradigmas que vienen rompiendo los feminismos y movimientos populares.

Tenemos el desafío de materializar aquello que desde los feminismos venimos reclamando: reconocer a los cuidados como una necesidad, como un trabajo y como un derecho, en pos de disminuir las desigualdades de género.

 


 *Maria Belen Jerez y Rocío Agustina Arce son estudiantes de la Licenciatura en Economía – FCECO – UNER. Integrantes de EcoFutura. Militantes feministas.

[1] Constituye la producción de servicios y cuidados.

[2] El INDEC anunció la confección y realización de una nueva encuesta Nacional de Uso del Tiempo y Trabajo No Remunerado para el año 2021.

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