Aprender a mirar con los pies en la tierra

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Por Verónica Gelman* | Ilustraciones: Lucho Galo | Fotos: MOCASE-VC

El modo de vida campesino es una invitación a transformar los mundos, las tareas de los cuidados de los seres humanos y no humanos, la defensa de los territorios y el sostén de una economía y un modo de producir que está ‘fuera de los mapas’. Una crónica que parte de una introspección personal para cuestionarlo todo. 

 

 

Durante los últimos cinco siglos se ha extendido en el planeta un patrón civilizatorio antropocéntrico, etnocéntrico y patriarcal, que define y organiza las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales, según parámetros de bienestar centrados en la acumulación de bienes materiales y el crecimiento económico sin medida. Su expresión  hegemónica es el sistema capitalista y su período histórico, la Modernidad. A su vez, dicha construcción y difusión es propiciada por  y propicia a la vez, la expansión  colonial en el mundo. Desde el pensamiento y prácticas dominantes se extienden clasificaciones y jerarquías entre seres humanos sobre no-humanos; la adultez sobre la juventud y niñez; hombres sobre mujeres; gente blanca sobre cualquier otro color humano; gente rica sobre pobres; y saberes como el conocimiento racional y positivista expresado en la ciencia moderna, sobre cualquier otro tipo de conocimiento.

Estos procesos sociales aparecen entretejidos en las historias personales y familiares. Mis abuelas y bisabuelas les pusieron el cuerpo en la vida cotidiana de familias migrantes en las ciudades de Buenos Aires y Montevideo. A tono con la historia del país, la historia campesina vivida por mis ancestras en Turquía y Polonia desapareció de los relatos, envuelta en una imagen de pobreza que era necesario dejar atrás. El éxito económico y material, definió en gran medida el “éxito familiar”.

Así se configuró mi familia de origen, mi infancia y adolescencia de mujer blanca urbana. Estudiar sociología en la Universidad, me abrió el pensamiento y la mirada crítica. Me hizo reconocer las relaciones de poder entramadas en el tejido social, en los procesos políticos, económicos, culturales. Conocí personas con diferentes recorridos que me invitaron a participar, a “hacer algo” para mejorar el mundo. Pero si bien la sociología y la vida en la facultad contribuyeron a entender mi crianza de clase media y reconocer mi vida privilegiada, el alcance del mundo siguió siendo para mí generalmente, blanco y urbano. No porque no conociera la existencia de comunidades indígenas y campesinas que se autoafirmaban como tales, sino más bien porque mi mirada, mi modo de sentir y pensar se mantenía básicamente blanca y urbana. Creo que es verdad que la cabeza piensa donde los pies pisan.

Descripto por Sarmiento como parte de la barbarie, el mundo campesino-indígena queda olvidado, invisibilizado y subordinado en el camino del progreso que asume desde su conformación el Estado argentino.

Las élites que definen el rumbo del país, incorporan el modelo civilizatorio dominante a nivel mundial, que asocia el desarrollo a la capacidad humana para transformar radicalmente la naturaleza, e “independizarse” de ella en pos del crecimiento económico e industrial. Argentina integra este discurso como eje constitutivo en un proyecto modernizador basado en el desarrollo capitalista, desde el cual resuelve de diferentes maneras la incorporación (y negación) de lo “otro” popular, campesino e indígena, que a lo largo de la historia se jerarquiza en la figura del pueblo trabajador.

El modo de vida campesino, sin embargo, persiste.

Muchas familias siguen poblando los campos; cuidando la tierra y alimentando a los pueblos, llevando a cabo prácticas ancestrales que son caracterizadas en el orden capitalista como “improductivas” y desvalorizadas frente a la producción a gran escala que motoriza el desarrollo moderno. Mientras muchos de sus integrantes (principalmente hombres), asumen su identidad dentro de lo nacional como trabajadores asalariados (primordialmente migrantes temporarios), estas familias (esencialmente mujeres, niñas y niños) sostienen una economía campesina fuera del mapa, que genera un sustento económico y social afectivo para esos trabajadores migrantes que vuelven entre temporadas, así como para los pequeños centros urbanos que van creciendo lentamente, subordinados y ajenos al centro pampeano y porteño. Mantienen un modo de vida organizado en estrecha vinculación con la naturaleza y una economía basada en el autoabasto, que no se rige por parámetros de productividad ni tiende a la acumulación. Un modo de vida que persiste alimentando a los pueblos y garantizando las tareas de reproducción social, desvalorizadas e invisibilizadas en el orden capitalista moderno, y a la vez fundamentales para garantizar su continuidad.

 

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El proceso de invisibilización del campesinado puede comprenderse como parte de la invisibilización del trabajo de cuidado y reproducción de la vida, tareas asignadas a las mujeres en todos los ámbitos sociales en la división sexual del trabajo capitalista.

La alimentación y salud familiar, el cuidado de animales y huertos, y la conservación de semillas, se desvalorizan frente al trabajo asalariado y la producción industrializada, a la vez que se ocultan como condición de posibilidad para su rentabilidad. De igual modo que se invisibiliza la naturaleza como abastecedora de insumos para los procesos industriales y mercantiles.

Mi abuela materna relegó en su mamá el cuidado de la casa, la alimentación familiar y gran parte de la crianza de sus hijas. Priorizó el trabajo fuera de casa, por necesidad y porque quería ser una mujer moderna. Cuando ya no lo necesitó, dejó de trabajar afuera, pero siguió sintiendo que las tareas domésticas eran algo “atrasado”. Mi mamá asumió también la integración al mercado laboral como valor jerarquizado sobre el trabajo dentro de la casa, que siempre que pudo, relegó en empleadas domésticas.

Siguiendo esa línea, en mi juventud asumí esta desvalorización de las tareas de cuidado. Incluso en mis primeros acercamientos al feminismo me convocaban principalmente las demandas que ponían su eje en la equidad de derechos y el acceso de las mujeres a los ámbitos hegemonizados por hombres (laborales, institucionales, el hacer público). Me atraía el énfasis puesto en resolver las tareas domésticas equitativamente entre hombres y mujeres, para así garantizar la presencia femenina en el ámbito público. Pero no lograba salir de un pensamiento binario, ni imaginar familias diversas, no heteronormativas ni fundadas en torno a una pareja y sus hijes. Tampoco podía pensar estos procesos más allá de lo individual; o compartía las tareas domésticas con mi compañero o las delegaba en otra mujer que trabajara de eso. La organización comunitaria de la vida era algo alejado y teórico para mí. Había quedado en el silencio de la historia de mis bisabuelas antes de migrar del campo al pueblo y del pueblo a la ciudad.

Hacia las entrañas: movimiento campesino y el cuidado de la vida

Conocí un feminismo diferente en Centroamérica, de mujeres rurales que habían participado en movimientos guerrilleros o en la resistencia de sus comunidades desplazadas en la selva. Comencé a profundizar en conversaciones, lecturas, encuentros, y reconocer las estructuras patriarcales en mi vida, en mi familia, en todo mi entorno. Comencé a sentirme desnuda y desarmada. Todo cambiaba de sentido, las canciones que me gustaban, los chistes, las fantasías amorosas. Un momento de maravillosa y aterradora vulnerabilidad. Al principio quería confrontar y romper todo. Luego, muy de a poco, comencé a mirar el Patriarcado no tanto como el sometimiento de las mujeres a los hombres, sino como un orden social que impone una forma normal de habitar y vincularse con el ser mujer y ser hombre, y castiga las diversas disidencias a esa normalidad. Y que, desde allí, actúa en todas las otras formas de opresión que vivimos (de clase, racista, nacional, especista). Entonces, en un punto no me era suficiente cuestionar el modo en que me enseñaron a ser mujer y mis posibilidades de cambiarlo. También comencé a cuestionar mis consumos, mi vida en la ciudad, mi relación con la tierra y los seres no humanos.

Incluso reconociéndome en un lugar de privilegio, con acceso a la universidad y posteriormente a la posibilidad de un buen trabajo remunerado y seguro, al confort y el consumo de clase media blanca, urbana, progresista; la vida adulta se me abría en un hueco de insatisfacción. ¿Cómo? Si todo eso es lo que supuestamente encaja en la imagen de la buena vida, de lo deseable en el camino del progreso y la Modernidad. ¿Por qué no lo deseaba o no me parecía cercano a la felicidad?

I

Mi primer reencuentro con el mundo campesino-indígena sucedió recorriendo Latinoamérica. Y se reafirmó posteriormente, cuando me asenté en Santiago del Estero y me vinculé con el Movimiento Campesino de Santiago del Estero-Vía Campesina (MoCaSe). El MoCaSe se organiza a partir de 1990 asumiendo y resignificando positivamente su identidad campesina, con la defensa de la tierra y el modo de vida campesino como eje de lucha. Además de actuar territorialmente a nivel provincial y nacional (en el Movimiento Nacional Campesino Indígena), y regional (en la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo) se integra globalmente a la Vía Campesina Internacional.

 

 

Para intentar dar cuenta en palabras de la fuerza de ese encuentro con familias campesinas indígenas organizadas, más que detenerme en la descripción -me parece mejor invitar a quien esté leyendo a que vaya y conozca- daré algunas pinceladas que, para mí, marcan la experiencia: el desconcierto al llegar, la añoranza al salir y la emoción al volver; el hacer colectivo como modo de vida en todas sus dimensiones. Actividades, festejos, encuentros donde se pone en juego una capacidad enorme de acción, participación y movilización. Mates dulces bajo el alero de un rancho con la bandera del MoCaSE pintada en la pared de adobe. Discusiones y toma de decisiones en asambleas de unas doscientas personas que traen lo conversado y dispuesto entre miles de familias. La formación política de las y los jóvenes, los relatos sobre carpas de resistencia, marchas y tierra defendida, la satisfacción de haber empezado a caminar comunidad por comunidad invitando a reuniones y haber llegado en menos de treinta años a construir una universidad campesina, varias carnicerías, radios, fábricas de dulces y espacios de intercambio con organizaciones de todo el continente. Tanto los logros como la vida cotidiana del Movimiento emocionan y lo convierten en un punto de referencia en el hacer político, de la confianza en el poder popular y la organización.

Y en cada una de estas actividades y espacios, la alegría y dignidad de las compañeras y compañeros, el aire del monte en la piel, los relatos y recuerdos de la organización y lucha, la memoria histórica en acción; aprender simplemente a estar allí. Lo más difícil de transmitir, quizás, sea la profunda transformación que me generó compartir en territorio campesino-indígena. Aprendí a mirar de otra manera. A escuchar sin opinar, a desarmar el modo en que había aprendido a interpretar lo que me rodeaba. Aprendí la práctica y el sentido de la vida comunitaria, no como un horizonte deseable e idealizado, sino como una realidad necesaria, que al ser elegida crece en su potencia.  No fue nada fácil, reconocer y poner en evidencia mi modo de mirar “porteño”, que da por sentado que el propio es el único modo. Fue y es un gran desafío: más allá de lo que se dice, lo que se nombra, reconocer el cómo se aborda el conocimiento, cómo se conversa, cómo se interpreta. La sociología me había formado para analizar y escribir sobre el mundo sin mirarme a mí misma, sin cuestionar desde qué categorías y concepciones lo hacía. En cambio, la inmersión en este mundo me llevó a revisar mi historia; reconocer que para dar lugar a los otros mundos posibles, más que ayudar o visibilizar la diferencia, es necesario desarmar la noción de “normalidad” que nos conforma (lo reconozcamos o no). Y por eso escribo aquí en primera persona, intentando dar cuenta de mi normalidad desandada.

II

A diferencia del relato migratorio “oficial” de mi familia, para las familias del MoCaSE-VC irse del campo no es un horizonte que implica un camino hacia el progreso, sino que es el resultado de los desmontes, desalojos y fumigaciones que vienen con la expansión de la frontera agropecuaria. Y el camino para quedarse y asumir el modo de vida campesino con dignidad ha sido la organización, que ha permitido ejercer la capacidad de nombrarse y reconocerse en su origen campesino-indígena y la posibilidad de definir su propia concepción de “buena vida” y equidad en las relaciones sociales.

Afirmar la soberanía alimentaria como eje de lucha y  horizonte de vida alternativo al desarrollo moderno y trabajar para su ejercicio en diferentes ámbitos, implica una politización del dar de comer y una revalorización de esta tarea fundamental del cuidado y reproducción de la vida, así como de los saberes y prácticas vinculadas al cuidado de la tierra y sus habitantes.

Reconociendo que esas tareas, asignadas históricamente a las mujeres, son fundamentales para la vida de todos los seres, se rechaza la separación y jerarquización entre actividades “productivas” (históricamente asociadas al mercado laboral y el ámbito público) y “reproductivas” (tareas de cuidado que sostienen silenciosamente, desde el ámbito doméstico, el funcionamiento de lo productivo).

La propuesta conlleva la ruptura de las categorías ideológicas fundamentales de la Modernidad, especialmente la jerarquización y dicotomización del mundo, al plantear la dedicación de todas las personas al cuidado de la vida como actividad económica fundamental, además de garantizar el acceso de las mujeres a las instancias de debate político y toma de decisiones, tanto en sus familias y comunidades, como en instancias más amplias y participativas de la organización y el ámbito público. Los desafíos de la soberanía alimentaria tienen que ver con la implementación de otras formas de vida, así como otra concepción de la economía y las relaciones entre seres humanos y no humanos. Es decir, una redefinición total de la vida política que elimine las categorías de público y doméstico, tal como las pensamos hoy.

Desde las entrañas: sabiduría ancestral y comunitaria

Al acercarme al MoCaSE, más que otro modo de feminismo encontré otro modo de mirar y producir conocimiento: el modo campesino de plantear la construcción social con sus muchos conflictos. Con la soberanía alimentaria como eje, el Movimiento aborda la lucha contra la opresión de género cuestionando su anclaje capitalista. En la práctica cotidiana, se trabaja para visibilizar y valorizar los saberes históricos de las mujeres, tanto en el campo como en la casa; desde el cuidado de las semillas y la preparación de las comidas hasta la capacidad organizativa y visión económica.

Además, reconociendo las violencias históricas que mantienen a las mujeres en un lugar de subordinación, se trabaja fuertemente para animar su participación en la defensa de la tierra, en los procesos de formación, discusión y toma de decisiones, tanto dentro de la organización como en la interlocución con organismos estatales.

 

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Más ampliamente, la problemática de género ha estado presente desde los inicios de la organización. Aún así, he escuchado muchas veces a compañeras y compañeros mencionar todo lo que falta trabajar sobre el tema. El acercamiento de las familias organizadas del campo santiagueño al feminismo, es valiente, en el sentido de pasar de asumirlo como una postura vacía a una que reconoce las violencias por razón de género existentes, sin la pretensión de “mostrar” hacia afuera los resultados. Y para ello, hay que darle tiempo a la deconstrucción, a las discusiones y resoluciones. Un feminismo experimentado desde el modo de vida campesino, colectivo, feminismo de la semilla, que reconoce las propias falencias así como los modos propios de abordar los conflictos.

La emancipación de las mujeres y disidencias, se aborda como la emancipación de todos los sectores oprimidos: no se plantea en un plano individual sino que solo se concibe en su dimensión colectiva.

El movimiento feminista es multívoco y contradictorio: si bien parte del acuerdo básico de luchar contra la opresión patriarcal, los feminismos incluyen posturas diversas, y en muchos casos, contradictorias entre sí. El feminismo campesino se diferencia en sus prácticas y modos de otros feminismos, pero evita plantear que aquello está “mal” y esto está “bien”. En cambio, es desde la mirada de cada comunidad, organización, familia, barrio o pueblo, lo que se hace de acuerdo a sus condiciones y saberes, aprendiendo de la propia memoria histórica y apoyándose en organizaciones e instituciones afines. Justamente, un gran (des)aprendizaje que aporta el modo de vida campesino es no plantear verdades universales ni recetas que tengan que funcionar por igual en cualquier lugar y para cualquier grupo social.

Reconocer qué significa en este mundo Moderno ser blanca y qué significa ser mujer han sido en mi vida caminos empinados y liberadores, que me han llenado de preguntas y espinas, me han dejado agotada y vulnerable, abierta y desorientada.

El feminismo desarmó el modo de relacionarme en mis vínculos familiares y sexoafectivos, en las perspectivas de qué puedo y no hacer, en la interpretación del amor y el deseo.

El estar en el mundo campesino-indígena, con familias y comunidades organizadas, me desarmó el modo de pensarme en mi entorno y mi individualidad, transformó mis horizontes y prácticas, pero sobre todo mis categorías y concepciones, el significado de producir conocimiento. Ambos procesos de deconstrucción tienen como eje fundamental temporalidades abarcativas, que implican necesariamente plazos más largos que una vida humana y la contundencia de lo colectivo como potencia y rumbo.

Es muy poderosa la narrativa moderna, la autolegitimación del capitalismo. Pero  siempre han existido otras formas, otros relatos, otras lecturas. El trabajo de memoria histórica que realiza el MoCaSE-VC abre el sendero a esas narraciones silenciadas que desandan la autopista del progreso argentino, los discursos oficiales sobre el campo, el sustento, la vida deseable. El ejercicio de la memoria histórica, expresa también otros modos de vincularse con el mundo y producir conocimiento. Es un modo de alzar la voz y transmitir la historia negada, compartirla con otros pueblos y sectores subalternos, y también de lanzar una provocación al viento, para que sean muchas las voces que aprendan a cuestionar el suelo que pisan y se animen a marcar otros caminos.

 


*Verónica Gelman es integrante del Grupo de Memoria Histórica del MoCaSE-VC. Poeta, radialista y socióloga, nacida en Buenos Aires y radicada en las sierras cordobesas luego de varios años recorriendo Argentina y Latinoamérica.

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