El verdadero virus es el capitalismo

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Por Federico Tálamo* | Fotos: Clara Chauvín | Material de archivo publicado en «Voces del Sindicalismo Entrerriano»

En el marco de un nuevo Día Internacional de las y los Trabajadores, desde los mártires de Chicago hasta las consecuencias de la pandemia de COVID-19, se confirma indudablemente la existencia de un enemigo común. Ante ello, el componente solidario y colectivo que nutre al movimiento obrero permite hacer un repaso histórico que siga enumerando la deuda social en los tiempos actuales.

 

¿Por qué el 1° de Mayo?

Esta fecha rinde homenaje a los mártires de Chicago, obreros anarquistas y socialistas que fueron injustamente enjuiciados y luego asesinados tras los acontecimientos ocurridos en la plaza de Haymarket, en Chicago, durante la histórica huelga de 1886. La misma fue establecida por primera vez en el Congreso de la Segunda Internacional que se celebró en 1889, el mismo que dos décadas más tarde, en 1910, instituyó también la conmemoración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a las obreras textiles en huelga asesinadas durante un incendio en la fábrica Cotton de Nueva York, en 1908.

Sin embargo, los acontecimientos de mayo de 1886 no surgieron de forma espontánea o aislada, sino que fueron consecuencia de los procesos de organización y lucha que durante décadas protagonizó la clase trabajadora. Luego de la Guerra de Secesión, donde el norte industrializado terminó derrotando al sur esclavista, hacia las últimas décadas del siglo XIX, los Estados Unidos comenzaban a emerger como la nueva potencia económica e industrial de un mundo capitalista que entraba en su fase imperialista. No es casual que las organizaciones del movimiento obrero se hayan hecho especialmente fuertes en aquel país, primero como asociaciones de carácter mutual y luego como sindicatos que se nutrían con los aportes ideológicos de incontables inmigrantes provenientes de Europa.

Para ese entonces, miles de fábricas son paralizadas y cientos de miles de obreras y obreros marchan a la huelga en reclamo de la jornada laboral de ocho horas. A lo largo del año habían sido varias las ciudades donde gracias a su lucha, las y los trabajadores conquistaron reducciones en su jornada laboral e incluso aumentos salariales, pero la situación en Chicago era mucho más compleja. El 1° de mayo había estallado una huelga general en el marco de manifestaciones multitudinarias, algunas de las cuales fueron reprimidas por la policía con el saldo de obreros asesinados. El 4 de mayo se realiza una nueva convocatoria, esta vez en la plaza de Haymarket, la cual es nuevamente reprimida. Con la excusa de la muerte de un policía, desde el poder local se dictó el estado de sitio y comenzó en los días siguientes una persecución a centenares de obreros, varios de los cuales fueron enjuiciados en un proceso viciado e infame, el cual tuvo como desenlace la condena y muerte de un grupo de  socialistas y libertarios (cuando el término aún conservaba su sentido original y era empleado para referirse a quienes abrazaban la causa del anarquismo, en lugar de su uso mediático actual para designar a individualistas que defienden el liberalismo de mercado y justifican en forma denodada la desigualdad social).

El sentido internacionalista y de clase

Tal es la trascendencia de esta conmemoración para el movimiento obrero que, en diferentes partes del mundo, tanto los gobiernos como los medios de comunicación al servicio del poder económico han buscado en numerosas oportunidades alterar su denominación, y con ella el sentido de esta fecha: “Día del Trabajo” es el nombre que resuena toda vez que se la quiere despojar de su naturaleza esencialmente colectiva, su concepción internacionalista y su perspectiva de clase.

De la misma manera, todavía hoy se sigue pretendiendo tergiversar el origen y el sentido del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, intentando convertir una jornada de lucha en un instrumento ideológico que contribuye a consolidar la misma cultura patriarcal que se busca combatir. Porque, como bien se ha reiterado en incontables ocasiones, el 1° de mayo no es una celebración, sino una fecha consagrada al encuentro fraterno, una jornada de reivindicaciones, de resistencia y de lucha en unidad para miles de millones de hombres y mujeres en todo el mundo, así como el 8 de marzo lo es en particular para las trabajadoras que deben enfrentar una doble explotación que suma a la cuestión de clase también su condición de género.

A cien años de la masacre de obreros de Gualeguaychú

Una mención especial merece en estas breves páginas la Masacre de Gualeguaychú, hecho del cual este año se cumple exactamente un siglo. Ocurrió el 1° de mayo de 1921, cuando la Federación Obrera Departamental, incorporada en la Federación Obrera Regional Argentina, había convocado a una manifestación para conmemorar el Día Internacional de los Trabajadores y rendir homenaje a los mártires de Chicago. La concentración, que contaba con la presencia de cientos de obreros, fue emboscada y atacada por representantes del poder local enrolados en la Liga Patriótica (encabezados por su fundador y máximo dirigente, Manuel Carlés), organización parapolicial de alcance nacional que se había conformado unos años antes para reivindicar y proteger por la fuerza los privilegios de las patronales. La trágica jornada se cobró la vida de varios obreros, quienes fueron asesinados por las balas que disparaban tiradores a caballo y otros que se encontraban apostados en el campanario de la iglesia. Una de las arengas de la organización patronal al momento del ataque. llamaba a quitar a los manifestantes el “sucio trapo rojo”, en alusión a la bandera que fue y sigue siendo emblema del movimiento obrero internacional.

Resistencia de un movimiento que se ha reinventado

A través de los años, el 1° de mayo se fue consolidando como el epicentro de las reivindicaciones obreras. Desde las más elementales y reformistas, como la jornada laboral de ocho horas (propuesta nacida a comienzos del Siglo XIX bajo la premisa de “ocho horas de trabajo, ocho de recreación y ocho de descanso”), hasta las más ambiciosas y revolucionarias, como la necesidad de reemplazar al sistema capitalista por uno en el que no existan explotadores ni explotados, todas las consignan encontraron una bandera que las expresara. Pasaron guerras mundiales, crisis económicas y experimentos políticos totalitarios que no dejaron de castigar a la clase trabajadora, y sin embargo esta conmemoración seguía estando ahí, cada año, para dar cuenta de las demandas colectivas.

Fue recién durante el último cuarto del siglo XX, luego de la crisis del Estado de bienestar y su reemplazo por un nuevo modelo de carácter neoliberal, que el capitalismo –ya en su faceta globalizada– encontró en el paradigma de la posmodernidad una de las herramientas más eficaces en su intento por desarticular al movimiento obrero organizado. Han sido varios los autores que se encargaron de estudiar este problema, llegando a sentenciar que la identidad colectiva y solidaria de las y los trabajadores, que fuera tan importante a fines del siglo XIX y principios del XX, fue dando paso a concepciones más individualistas de la realidad, de competencia entre miembros de una misma clase, donde se empuja a las obreras y los obreros a interpretar y colocar sus diferencias por encima del lugar común que ocupan dentro de la estructura social.

De esta manera, con la llegada y paulatina profundización del neoliberalismo el mundo del trabajo comenzó a verse cada vez más atravesado por lógicas basadas en la flexibilización y la desregulación, por la pérdida de derechos y un deterioro progresivo en los lazos de solidaridad dentro de importantes sectores de la clase trabajadora. Aun así, frente a este avance del capital y a su búsqueda por consolidar bloques hegemónicos capaces de subordinar a las y los trabajadores, el movimiento obrero fue sin embargo capaz de reinventarse, de organizarse para resistir la embestida neoliberal y luchar en forma colectiva por una sociedad más justa e igualitaria.

La lucha de la clase trabajadora en el contexto de pandemia

Hace exactamente un año, al expresar algunas palabras en el marco del Día Internacional de las y los Trabajadores que hoy nos convoca, decía que aquella no era una jornada normal ni tampoco un 1° de mayo cualquiera, porque en ese momento nos encontrábamos atravesando la cuarentena con el genuino propósito de cuidarnos para preservar la vida. Señalaba además que existían entonces motivos excepcionales que nos impedían convocarnos en las calles para marchar por nuestras legítimas reivindicaciones de clase, algo que también habíamos tenido que privilegiar el 24 de marzo en memoria de los treinta mil compañeros y compañeras que nos arrebató el terrorismo de Estado durante la última dictadura genocida.

Sin embargo, lo expuesto en aquellas palabras trascendía el escenario inmediato de la emergencia sanitaria y buscaba acusar un peligro mucho mayor y presente desde hace siglos: decía que el verdadero virus es el capitalismo y representa para nuestros pueblos la más peligrosa de las pandemias. Aunque parece invisible, está en todos lados y se alimenta de la miseria de sus dueños, como lo pudimos ver en los meses que siguieron a aquellas palabras.

Durante el año 2020 la humanidad se vio interpelada por la proliferación descontrolada del virus que puso en jaque al conjunto de la población mundial, pero que tuvo especial impacto sobre la clase obrera. Tras el inicio en el mes de marzo del aislamiento social, preventivo y obligatorio, medida adoptada por el Estado nacional en el marco de la emergencia sanitaria con el objeto de frenar la propagación del COVID-19, fueron fundamentalmente las y los trabajadores quienes debieron realizar los mayores sacrificios y afrontar las principales consecuencias de la pandemia.

Fue así que un importante número de compañeras y compañeros laburantes, a quienes de repente se comenzó a llamar “esenciales”, tuvo que seguir adelante porque de su esfuerzo dependía la suerte del conjunto social, que ya estaba siendo golpeada por la pandemia y sus efectos en muchos casos letales.

Hablamos en particular del personal del sistema de salud, a cuya responsabilidad habitual de brindar atención permanente –dentro de hospitales castigados por el desfinanciamiento– debió agregarse el cuidado de las personas contagiadas, poniendo en riesgo incluso sus propias vidas y las de sus familias. A esto debemos sumar a quienes también continuaron trabajando en aquellas actividades vinculadas con los procesos de producción, distribución y comercialización de alimentos, productos de higiene y demás bienes de primera necesidad, el suministro de energía, los comedores escolares, la recolección de residuos, el reparto a domicilio y otras tantas, que nunca se detuvieron y en algunos casos se intensificaron. Y debemos además añadir –porque es menester decirlo– a los medios de comunicación y las fuerzas de seguridad, aún con sus consabidas contradicciones por ser muchas veces funcionales al poder.

Mientras tanto, otra parte de la clase trabajadora debió adaptarse a un cambio abrupto en sus procesos de trabajo. Las tareas que cotidianamente se realizaban en oficinas, aulas u otros espacios de repente se trasladaron al ámbito del hogar, conjugando en la mayoría de los casos la falta de preparación para el “teletrabajo” –mediante entornos digitales y dispositivos informáticos– con una sobrecarga laboral que no estuvo exenta de las previsibles consecuencias psíquicas y físicas. Y hubo también, en los estratos más vulnerables de la sociedad, miles de trabajadores/as que vieron sensiblemente resentidos sus ingresos y con ello su capacidad de subsistencia, cuando no perdieron lisa y llanamente su fuente de trabajo.

La pandemia ha tenido efectos muy dañinos sobre la salud y sobre la economía en todo el mundo, pero ha sido especialmente devastadora para los sectores menos privilegiados de la humanidad, aquellos que representan la mayor parte de la población y producen la riqueza de la que se apropian las minorías acomodadas que concentran el capital. El COVID-19, que al comienzo había sido caracterizado en nuestro país como un problema de ricos, de biencomidos con capacidad de viajar, muy pronto contribuyó a visibilizar y profundizar otras desigualdades, pero también ratificó algo que las ciencias sociales ya saben desde hace más de un siglo: es la clase trabajadora y no la burguesía la que produce riqueza, porque fue sobre ella que recayó la responsabilidad de evitar el mayor hundimiento de una sociedad que venía de años del neoliberalismo más atroz.

Hoy, a poco más de un año del inicio de una pandemia cuyo desenlace aún desconocemos, la cual se ha cobrado la vida de decenas de miles de personas en la Argentina y de millones en todo el mundo, la conmemoración de un nuevo Día Internacional de las y los Trabajadores, nos convoca a renovar una de nuestras más importantes consignas: la salida a las crisis debe ser siempre colectiva, jamás individual. Porque será siempre esa y no otra la manera de que, en conjunto y desde abajo, logremos aquello que con tan indudable claridad proponía y militaba el maestro libertario Osvaldo Bayer: “trabajar el sueño fundamental… un mundo con abejas y pan, y sin hambre ni balas”.


*Federico Manuel Tálamo es docente universitario y militante sindical.


Las fotos de archivo fueron extraídas del libro «Voces del Sindicalismo Entrerriano. Memorias de la Unión Obrera Departamental de Concepción del Uruguay 1918-1943′ de Jorge O. Gibert y Elisa D. Basechi – Ediciones Del Zorrito. Gentileza: Valentín Bisogni. 

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