El trabajo también tiene Covid

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Por Matías Romero* y Lucas Gurovich** | Ilustración de portada: Juan Claus Beaumont | Fotos: M.A.F.I.A

La encrucijada a la que se enfrentó nuestro país abre grandes preguntas sobre el futuro del trabajo, el rol de las corporaciones, las innovaciones tecnológicas, los gremios, el fenómeno de las economías de plataforma y el diseño de políticas públicas que estén a la altura de lo que desnudó y profundizó el contexto de pandemia. ¿Cómo se puede reconfigurar la organización del trabajo para estimular la movilidad social de modo que nos permita evolucionar como sociedad?

 

COVID-19 y el mundo laboral

Como es natural de cualquier crisis, los efectos de esta se pueden observar en múltiples áreas. En el presente ensayo, haremos hincapié en los impactos generados por la pandemia de COVID-19 sobre el empleo. Por otro lado, el mundo del trabajo se encontraba con algunos debates e interrogantes previo a la crisis: la cuestión del trabajo de plataforma y sus características, la automatización y el posible “desempleo tecnológico”, así como las grandes desigualdades de género (problema estudiado pero lejos de haberse zanjado la discusión).

La pandemia, como es de esperar por su alcance global, generó efectos disruptivos en la economía de todo el mundo y, por consiguiente, en los/as trabajadores. Según la OIT, la pérdida de horas de trabajo en el planeta fue equivalente a 255 millones de puestos de trabajo -es decir, más de 5 veces la población total de Argentina-. Esto, a su vez, se estima que es una caída cuatro veces mayor a la producida por la crisis financiera del 2009 aunque, en este caso, las regiones más golpeadas fueron aquellas menos desarrolladas, como Latinoamérica y Asia. Este golpe, sin embargo, no fue homogéneo. El impacto fue dispar de diversas maneras: hubo sectores que fueron altamente golpeados (turismo, actividades culturales), mientras que otros altamente beneficiados (comunicaciones, finanzas). A su vez, este efecto fue desproporcionado en relación a la calificación de los/as trabajadores/as, afectando en forma notoria a quienes son menos calificados. También, esta disrupción fue dispar ad intra, donde los jóvenes y las mujeres vieron sus empleos aún más vapuleados.

Argentina en su encrucijada

Cuando acercamos la lupa a la Argentina, debemos recalcar que la crisis llegó en un momento de fragilidad socio-económica y financiera manifiesto, donde la inflación y el desempleo se encontraban en alza y el producto a la baja. En este sentido, entre el primer y segundo trimestre de 2020, disminuyeron en una proporción de 8,7% las personas que buscaban o tenían empleo (población activa), mientras que el empleo cayó 8,8%. Estas cifras marcan la gravedad del problema, que debe verse de forma más amplia que como meras variaciones porcentuales y absolutas de trabajadores y personas que buscan activamente empleo. Debe examinarse al interior de la categoría de empleados y observarse diversas variables.

En primer lugar, es importante poner en relevancia que en Argentina (según estadísticas oficiales de INDEC) existían en el momento de inicio del ASPO alrededor de 8 millones de personas que contaban con empleo asalariado, de estas, más de 1 millón y medio no tenían un empleo registrado. Por otro lado, la clase trabajadora cuentapropista estaba conformada por alrededor de 1,8 millones de personas. Entre ambos sectores mencionados, (más de 3 millones aproximadamente) que no poseen un trabajo registrado y que al mismo tiempo, no lo hacen en relación de dependencia ya que son autónomos, no pudieron trabajar durante el tiempo que duró el aislamiento más estricto. Su ocupación, y por ende, sus ingresos se vieron amenazados desde entonces profundizándose con la llegada de la denominada “segunda ola” de contagios.

Por otro lado, no todos los/as trabajadores/as están en condiciones de poder realizar tareas laborales de forma remota en ramas como las de Construcción, Turismo, Industria, Comercio y Hotelería, por nombrar algunos ejemplos, por su propia dinámica de desarrollo. De acuerdo a lo mencionado anteriormente, existe la posibilidad de que algunas de estas personas no estuvieran protegidas ante posibles despidos, por motivos como registros precarios o directamente trabajo en negro. A la vez, no estaban habilitados para trabajar por las resoluciones de ASPO que se dictaron a nivel nacional, lo que inevitablemente tendría (o tuvo) como consecuencia la pérdida de empleo. Este escenario es una hipótesis ante el supuesto de que los/as trabajadores/as vulnerables, no fueran despedidos apenas comenzada la pandemia, y bajo el régimen que exigía a sus empleadores/as que conservaran los empleos.

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Considerando los datos de finales de 2019, recogidos también por INDEC, llegamos al resultado de que una quinta parte (19,8%) de la clase trabajadora en ese periodo no accedía a Internet, mientras que más de la mitad no accedían al uso de computadora (60%).

Un aspecto que no debemos dejar de mencionar es la organización del hogar y de la familia durante la pandemia y el aislamiento: generalmente las mujeres son las que realizan la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado, mientras que realizan casi la totalidad (por no decir el total) del trabajo doméstico remunerado. Tanto en el trabajo remunerado como no remunerado, las mujeres fueron afectadas en su mayor medida ya que tuvieron una mayor carga de trabajo doméstico, triplicando las tareas asignadas, al tener que realizar trabajo de limpieza, educación y cuidados de los/as integrantes del hogar, además de en algunos casos, cumplir con un trabajo externo, si es que no lo perdieron.

Los efectos de la pandemia nuevamente dejan en exposición al mayor riesgo que asumen las mujeres en sus funciones en la primera línea de la atención sanitaria y social, dado que componen el 70% del empleo en el área de salud. Sin embargo, la combinación de sobrecarga laboral, falta de equipamiento y los riesgos laborales son condiciones de precariedad que se vieron significativamente incrementadas por la pandemia, en forma extensiva para trabajadores y trabajadoras de este sector. A su vez, en el presente contexto de COVID-19, el sector enfrenta una sobrecarga horaria asociada a periodos irregulares de trabajo y falta de descanso, agravando el estrés y los riesgos psicosociales.

La ilusión del trabajo del futuro

Resulta un tanto ilusorio pensar que la pandemia revolucionó el mundo del trabajo cuando, más bien, sólo facilitó el aceleramiento de la revolución digital y las transformaciones que venían sucediendo en los últimos años, donde el caso más visible puede ser el de las economías de plataforma. Debido al cierre obligatorio de muchos locales y a la consideración de las actividades de Delivery como esenciales, el comercio electrónico se encontró en un periodo de auge, acaparando gran parte de los consumidores y consumidoras y aumentando su facturación más de un 106% interanual, según la Cámara Argentina de Comercio Electrónico. A su vez, las pocas barreras de entrada al sector, en combinación con el alto desempleo y la falta de oportunidades, han transformado a este rubro en un área atractiva para los trabajadores. De hecho, un estudio de la OIT muestra que el 95% de los Nuevos Trabajadores seleccionaron como el principal motivo de ingreso al sector a la “dificultad de encontrar otro trabajo”. Por otro lado, el ingreso promedio de este sector más que duplica al salario mínimo, incluso después de efectuar los descuentos correspondientes a sus monotributos. A pesar de las ventajas mencionadas previamente, las condiciones de trabajo durante la pandemia, pusieron nuevamente de manifiesto la escasa protección social que posee esta población, donde en varias oportunidades deben optar entre trabajar descubiertos o protegerse por sí mismos, debiendo soportar costos y reduciendo sus ingresos. La flexibilidad y creación de empleo que proveen las plataformas nos llevan a plantear el interrogante: ¿A qué costo se dan? ¿Hasta qué punto los beneficios superan a  los costos? Interrogantes complicados, sin una respuesta clara.

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La mayor parte de nuestro análisis se ha centrado hasta ahora en la pandemia y sus efectos en el empleo; sin embargo, como se adelantó, ya existían debates en torno al futuro del trabajo y a cómo se resuelve el alto desempleo en los distintos países y regiones.

Es conocido que la tecnología avanza y cada vez más procesos se irán tecnificando y automatizando, en este sentido, existen posturas diversas acerca del futuro del trabajo: hay teóricos que creen que la automatización creará un desempleo tecnológico masivo que dejará a la mayor proporción de la población desempleada, por lo que es urgente crear políticas y acciones tendientes a morigerar dichos efectos. Por otro lado, existen posturas más conservadoras que no ven en el futuro de la automatización una amenaza contra el trabajo, sino que más bien se tenderá a una reconversión productiva con una mayor tecnificación y necesidad de cualificación laboral, no sólo en términos tecnológicos sino en términos de resolución de problemas.

Otro debate que se venía dando en torno al mundo laboral y que entró aún más en boga con la pandemia es la economía de las plataformas, gig economy o economía colaborativa, sector asociado a servicios que ya se han mencionado. De este tipo de empresas o modelo de negocios pueden verse ejemplos como PedidosYa, Uber, Rappi, Cabify, entre otros; en este caso, una crítica hacia el modelo de empleo de estas plataformas es que generan un trabajo precarizado encubierto, en el cual las personas no tiene derechos laborales en el marco de una contratación legal, de aquí que estuviera prohibido en muchas ciudades de Argentina. Autores y autoras que defienden este tipo de empleos, hablan de beneficios en torno a la flexibilidad horaria, de ingresos y la capacidad de decidir sobre la vida laboral de las personas, cuando en realidad son características que poseen otros empleos sin tanto nivel de precarización. Mientras que las plataformas se presentan como meras proveedoras de una herramienta informática, eximiéndose así de cumplir con las protecciones propias de cualquier legislación laboral, éstas en realidad fijan precios, jornadas, controlan la ejecución de tareas y distribuyen premios y castigos según el rendimiento e incluso llegan a “bloquear” –que puede pensarse como un término digital para decir “despedir”- al personal, cuando la calidad de su trabajo está por debajo de los parámetros establecidos. Lo anterior lleva a pensar que en realidad, dichos/as trabajadores/as, se encuentran en un marco de relación de dependencia, subordinados/as en forma jurídica, técnica y sobre todo, económica.

Prepararse para el futuro

Finalmente, resta el interrogante acerca de las políticas públicas para paliar los efectos de la crisis y una recuperación que tenga en consideración los graves efectos de la pandemia. Si bien se crearon programas de asistencia como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y la Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP), los cuales sirvieron en un momento crítico de la pandemia y el Gobierno nacional discontinuó pasado dicho contexto, se pueden plantear políticas acorde a la recuperación y que fomenten la creación de nuevos empleos de calidad. Aquí no hay una única fórmula ni un único camino hacia la recuperación de los empleos perdidos o vulnerados, pero es posible pensar una propuesta de política pública que combine acciones más bien generalistas de fomento a la demanda agregada para incrementar la actividad económica, cuestión necesaria en cualquier proceso de recuperación de puestos de trabajo, con políticas focalizadas sobre los sectores más afectados y con problemáticas particulares, como los mencionados a lo largo de este ensayo: las mujeres, los jóvenes, los/as trabajadores/as informales y cuentapropistas.

 


*Matías Romero es Licenciado en Economía (UNER). Docente e Investigador (UNER, UADER, UCA).

**Lucas Gurovich es Licenciado en Economía (UNER).

 

 

 

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