El rol de las universidades en el desarrollo territorial y en la agenda pública y social

Por Andrea Sosa Alfonzo | Entrevista a Bárbara Acuña Jujihara* | Ilustración: Equipo Revista RIBERAS

Conversamos con Bárbara Acuña Jujihara, actual Directora del Departamento de Vinculación Estratégica de la Vicerrectoría de Vinculación con el Medio de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), sobre el desarrollo de programas de integralidad con participación de las comunidades, el posicionamiento del sistema universitario en el debate sobre las políticas públicas con impacto en el desarrollo regional y cómo jerarquizar el rol de la universidad pública en los procesos de transformación social.


-¿Qué quiere decir pensar la integralidad en articulación con el mundo público y social?

-En Chile la integralidad se genera y se impulsa a través de la vinculación con el medio -lo que ustedes entienden por Extensión- Esta función universitaria ha sido impulsada por los      mecanismos de acreditación, esto implica cumplir con las regulaciones definidas para tener el prestigio institucional que permite que el estudiantado elija una u otra Universidad, en función de la calidad asociada a esta regulación. Esto a mi juicio no es tan positivo porque en el fondo la función tiene un rol de potenciar el desarrollo y cambio de las sociedades en las que habitamos. En ese sentido, la articulación entre las oportunidades/necesidades de los organismos públicos y sociales con las oportunidades/necesidades de la propia Universidad, es clave. Lo menciono más allá del contacto que tienen los/as estudiantes con el mundo exterior previo a enfrentarse a su desarrollo profesional, que también es clave. Un ejemplo, de esto es el apoyo a la gestión territorial que brindamos en el trabajo que realizamos junto a los gobiernos locales en Chile en el marco del Programa de Prácticas y Tesis en el Territorio, en el que hacemos coincidir la necesidad de apoyo desde el municipio con la necesidad de titulación de nuestro estudiantado. Muchas veces es difícil ya que en los municipios hay escasez de recursos y de personal, además de que los niveles profesionales que componen esas instituciones son diversos y en general es baja la profesionalización, por tanto los/as estudiantes llegan con expectativas muy altas sobre la administración pública a solicitar datos, pero chocan contra esa realidad cuando la respuesta es que esos datos no existen. Lo que quiero decir es que además de la comunidad estudiantil se enfrenta a las dificultades que van a tener luego en su desempeño profesional, es importante que vean lo que se necesita y lo que pueden aportar mediante su proceso formativo, y esto buscamos que ocurra a través de una docencia vinculada, es decir de la integración de la función de vinculación con el medio con la función académica de la universidad.

En cuanto a la docencia vinculada, podemos decir que dentro del proceso formativo curricularizado de los/as estudiantes, buscamos que cumplan sus resultados de aprendizaje mediante el relacionamiento con estas organizaciones públicas y sociales, analizando las necesidades manifiestas de estas organizaciones. Para la USACH estas necesidades resultan en oportunidades, ya que permiten fortalecer el desarrollo de competencias transversales en nuestro estudiantado, enriqueciendo con ello todo el proceso formativo y aportando a su vez a nuestro objetivo ideal de establecer una relación lo más horizontal posible entre la Universidad y la organización externa. Y esto tiene dos caras de la moneda que vale la pena mencionar: cuando nos relacionamos con organizaciones sociales o gobiernos locales, las universidades aparecen más arriba en las relaciones de poder. Por tanto nuestro discurso en función de cómo va a ser esta vinculación, tiene que ver con reconocer que formamos mejores profesionales, desarrollamos competencias transversales en los/as estudiantes y podemos entregar más herramientas cuando una organización externa nos abre sus puertas. En el fondo, lo que debemos considerar es que no es que la universidad llegue a apoyar a las organizaciones, es importante sacar esa mirada asistencialista del ejercicio de la función porque somos una universidad pública y del Estado, y eso marca alguna diferencia. Las universidades públicas en Chile tenemos que aportar al desarrollo territorial, entonces gracias a que existen organizaciones que están dispuestas a abrir sus puertas, es que podemos cumplir con nuestro mandato. Por tanto, la universidad es mejor debido a que las organizaciones se disponen a trabajar en conjunto. 

La otra cara de la moneda es pensar la horizontalidad, entendiendo que las relaciones de poder nunca van a ser igualitarias, sin embargo es el valor del reconocimiento del trabajo de los/as otros/as con los que nos vinculamos. Con este relacionamiento, nos comprometemos ambos actores a asumir compromisos con un mismo objetivo en confluencia, por ejemplo: la mejora del desarrollo de la calidad de la vida de las comunidades. Dentro del contexto chileno, y yendo más allá para pensar el contexto  latinoamericano, este planteo es una forma provechosa de coexistencia de las universidades dentro de las necesidades del desarrollo de la sociedad, y no como un actor que aporta desde afuera a ese desarrollo.

Retomando este rol de la  universidad pública, ¿qué tipo de tareas y definiciones institucionales debemos revisar para fomentar el trabajo universitario en articulación con actores sociales y comunidades que aporten a los desarrollos locales y las diversidades territoriales?

-Tenemos un gran desafío. Las políticas públicas emanan de los ministerios que buscan la mejora de la calidad de la vida y el desarrollo de los territorios. Si lo pudiéramos imaginar y dividirlo en capas, podríamos decir que está el territorio donde habitamos la vida cotidiana y luego aparece una estratósfera donde existen estos espacios que generan las políticas públicas. No lo planteo como una burbuja, pero la forma en la que se expresan, la forma en la que se pretenden implementar estas políticas está muy desterritorializada. Hay mucho espacio entre cómo hablamos en el ministerio a cómo hablamos en el territorio. Y si continuamos imaginando esta gráfica, la universidad está en la mitad de este camino porque tiene las herramientas y las competencias necesarias para poder conversar hacia arriba (Estado) y al mismo tiempo, hablar hacia los territorios. Por lo tanto, esta potencialidad muchas veces está desaprovechada. Por ejemplo: el ministerio necesita que participen los territorios pero no tiene cómo convocarlos, las universidades sí pueden porque precisamente estamos en los territorios al mismo tiempo que podemos evaluar y hacer seguimiento de la política pública. Entonces nos falta sistematizar esta relación. ¿Cuál es el rol potencial? La capacidad de traducir hacia un extremo y otro de esto que graficamos. La Universidad forma personas para que puedan `decir lo complejo de la política pública en un lenguaje accesible y fácil´ hacia los territorios. Los ministerios no tienen porqué hacer eso, no es su rol. Al mismo tiempo, la Universidad puede comprender el nivel en el que habla la política pública y además de hacer la traducción, brindar aportes a través de los roles de docencia e investigación. Ocurre que las instituciones que gobiernan cuentan con muy poco tiempo para hacer este tipo de trabajo así como evaluaciones sobre la gestión pública. Por tanto, es un programa sobre el que la universidad debe avanzar en términos de oportunidades. 

Por otro lado, en relación a protocolizar las formas que debe tomar esta articulación debe hacerse sobre una base acerca de qué es lo importante y cómo se va a formalizar. Y si me preguntan sobre cuáles son los aspectos débiles en el presente en términos de cómo vamos a registrar esto, cómo lo vamos a pensar, pienso por ejemplo el rol de la investigación en un contexto de un paperismo exacerbado que juega en contra de lo que buscamos hacer: investigadores presionados que deben publicar una cantidad de información que en algunos casos no dialoga directamente con las realidades que producen esa información. Esto va en detrimento de la calidad de la investigación y de la pertinencia en cuanto a los objetivos de una universidad.  Otro ejemplo para pensar en esta línea: ¿Dónde están las universidades cuando se definen los fondos para las políticas públicas?, ¿cuáles son los financiamientos que se van a entregar?, ¿dónde están esas mesas de trabajo donde las universidades pueden decir `yo estoy en los territorios donde están pidiendo esto’ por lo tanto necesito que se abran más fondos en esta línea? Hacia allá tenemos que avanzar para establecer y formalizar espacios y mecanismos de conversación.  Retomando la idea de este gráfico de espacios donde la Universidad está en el centro, cabe decir que si bien no tenemos como instituciones universitarias la capacidad de elaborar diagnósticos integrales sobre los problemas de todos los territorios, esto no es un problema, porque también nos vinculamos con los gobiernos locales, y ellos sí lo puede hacer porque están inmersos en el territorio si hasta `cuando se quema una casa      es el municipio el que está ahí´. 

Siguiendo esta línea, en la USACH tenemos un programa que no es muy complejo y es que consultamos a las organizaciones con las que nos vinculamos ¿cuáles son las problemáticas con las que necesitan que la universidad se vincule? Hacemos ese listado de temas dispuestos como problemas, los derivamos a la comunidad universitaria para que los/as estudiantes y docentes tomen estas problemáticas y trabajen sobre ellas. Eso hace que cada semestre tengamos un diagnóstico poco costoso pero muy efectivo que responde a una necesidad territorial relevando más de 500 problemáticas cada vez. ¿Cuál es la debilidad?, que atendemos un porcentaje marginal de todas esas necesidades. Entonces el desafío es comunicar mejor el programa, mostrar por qué son importantes esas demandas y cómo benefician a los territorios y a los propios procesos universitarios. 

-Desde esta visión del trabajo universitario, ¿cómo se integran los saberes que producen las comunidades como un elemento esencial para los procesos de acumulación y transformación social e institucional?

-Hay una doble respuesta, porque creo que esto forma parte de los programas y está muy desarrollado a nivel discursivo como una deseabilidad, pero en la práctica hay un nivel de densidad de lo que debiera ocurrir y no está ocurriendo. Una línea en la que estamos trabajando en este momento y queremos avanzar formalmente, es que cuando el estudiantado esté dando su examen de presentación de sus tesis pueda estar ahí esa organización o territorio que es la que demandó la necesidad del vínculo. Esto podría reconocer efectivamente que es un trabajo interrelacionado y co-construido. ¿Por qué no podemos pensar la presentación y la evaluación de la retroalimentación efectiva de ese trabajo dentro de la propia estructura de la institucionalidad universitaria? Este hecho concreto de puertas abiertas avanzaría mucho en ese rol que estamos conversando. Lo que ocurre actualmente es algo mucho más formal: entregamos los resultados, generamos un hito, hay conversación entre docente-estudiante-agente del entorno, mostramos y comunicamos lo que se hizo, pero todo eso una vez que ya se cerró o finalizó el proceso.  Entonces aquí se abre otra pregunta y es ¿cómo entendemos las evaluaciones? Si estamos trabajando sobre la problemática de un territorio tenemos que tener la capacidad de acoger eso y trabajar para ello, porque luego esos profesionales y la sociedad en la que estamos insertos/as va a producir esos procesos. ¿Cómo podemos poner el trabajo universitario en contraste si no tengo la voz de los territorios para que digan `esto no tiene nada que ver con la demanda de la comunidad´? Nos quedamos en formas simbólicas. Cuando se crearon los programas de estudio ¿dónde estuvo la comunidad que se pretende estudiar o que se verá impactada invitada a esa mesa?, ¿cómo recogemos esa información? Si pensamos la reestructuración de una malla curricular, por ejemplo, no lo podemos hacer sin la comunidad porque entonces nos quedaría en el discurso de lo deseable y no alcanzaría una meta transformacional. Por tanto, la pertinencia de las carreras responde actualmente más a la ‘venta de carreras’ que a las necesidades del desarrollo social. Las universidades terminan perdiendo la pertinencia respecto del desarrollo que esperamos que tengan nuestras regiones y nuestros países. En resumen, debemos forjar mecanismos más creativos. 

-¿Cuáles considerás que son las agendas sociales más urgentes en relación al enfoque de la integralidad de las funciones universitarias? Pienso por ejemplo la trayectoria de las democracias jóvenes en América Latina en un continente marcado por la ausencia del reconocimiento de la diversidad de razas, de género, por las desigualdades económicas y culturales; pienso en la explotación y saqueo de los territorios y de la vida, como para mencionar algunos ejes y problematizar la pregunta. 

-Puede que la primera respuesta sea una deformación de mis intereses y es que la emergencia climática es algo urgente y precisamente está transversalizada por muchos de los ejes que mencionaste. Las universidades en cierta medida lo han hecho, han jugado un rol relevante en disponer de esta información, pero deberían tener un rol más político. Porque pareciera ser que con esta investidura de la neutralidad de la ciencia, que tampoco es tal, disponer del informe no es suficiente y ya lo hemos visto. Si tuviese que elegir, la emergencia climática es el riesgo más predominante para la continuidad de la existencia de la humanidad en el que las universidades deberían tener un rol más activo. Afortunadamente las universidades siguen gozando de mucha credibilidad para la ciudadanía y eso es algo que debemos tomar como una oportunidad para generar propuestas de solución. Por supuesto hay libertad de cátedra a la hora de pensar los problemas a trabajar, pero lo pongo como un ejemplo para quienes constituyen la universidad porque cabe preguntarse sobre las falsas soluciones que responden a los intereses económicos y que hoy tienen consecuencias muy graves dentro de los territorios. No estoy planteando que la industria se acabe ni que la Universidad no se relacione con ella, ya que es una alianza muy relevante, sino que la codicia deje de determinar la toma de decisiones y para eso la universidad debe adoptar una postura política para determinar qué está entendiendo como desarrollo.

Vuelvo a la pregunta, ¿a quién afecta la crisis climática? No está afectando a los grandes grupos económicos que se trasladan de país. Está en juego la vida humana cuando se intervienen los cauces de los ríos y las personas pierden todo. ¿Quién puede transparentar esto?, ¿quién tiene una voz que permita tomar una decisión sobre esto? Si lo comunica una empresa va a hacerlo de acuerdo a sus necesidades, si lo hace una organización activista también va a ser desde sus intereses. Entonces, ¿quién puede velar por una información desde una visión más amplia para que las personas puedan tomar decisiones? Es la universidad quien puede alertar sobre el impacto del crecimiento del empleo a costa de mover el cauce de un río y abrir la pregunta sobre cuál debería ser el rol del Estado respecto de ese problema.

-¿Y qué implica que ese rol universitario esté trazado por la decisión política institucional?

-La credibilidad de la Universidad es un bien preciado, por lo tanto hay que resguardarlo y trabajar cuidadosamente para mantenerlo frente al desarrollo de la sociedad. En cuanto a pensar la política institucional, por ejemplo en escenarios electorales o políticos determinantes. Saben que en Chile estamos atravesando el proceso constituyente que llevó un tiempo extenso donde la ciudadanía estuvo muy involucrada, previamente a ello en la USACH armamos escuelas constituyentes que fueron requeridas por los territorios donde se presentaban diversas temáticas para analizar la constitución que estaba vigente en relación a la nueva propuesta. Si hubiéramos operado como sistema de universidades del Estado, tal vez hubiésemos tenido una formación más acabada de este proceso, más allá del resultado obtenido. Porque nos encontramos con personas que no sabían si al elegir la opción por  el “SÍ” estaban ratificando la constitución anterior o estaban modificándola. Por tanto, a veces no hay que disponer de tantos recursos, a veces sólo se trata de abrir la universidad pública porque allí hay conocimiento y eso nos pertenece a todas y todos. Debería haber más espacio para que esto fluya, no se encapsule y quede solo en un paper que analiza un momento determinado. Este otro rol clave de la universidad en términos de recursos no se está jugando.  En los territorios hay saberes locales, efectivamente, pero también hay desconocimiento sobre temas que en los entornos privilegiados a los que pertenecemos son obvios, entonces la brecha es muy grande. ¿Cómo vamos a avanzar con universidades enrejadas por temas de seguridad si tienes que justificar el ingreso con credencial porque sino no eres parte?, ¿cómo bienvengo a esta comunidad que me da sentido como universidad e integra mi política? Está la discusión pero faltan las acciones que la acompañan.

Si las aulas están abiertas, hay diálogo, hay retroalimentación y se comprende más fácilmente cuál es el rol de la universidad ante la demanda social. Por ello tenemos que dar cuenta más allá del relato lo que estamos haciendo, y debemos poder dar cuenta mediante sistematizaciones ya que eso sustenta un vínculo territorial efectivo amen de que cambien las personas. Pensando en escenarios electorales y en cosmovisiones ideológicas diversas, el rol social de la universidad pública del Estado sigue siendo el mismo. Mientras tengamos más sistematizado y formalizado el trabajo que venimos haciendo, que no quiere decir burocratizado, más fácil es para las personas nuevas darle continuidad al trabajo, mostrar los resultados, apropiarse de los proyectos. 

Insisto en el rol político porque la Universidad lo tiene. Y en ese rol la Universidad tiene valores, visiones, y `trabajar para una sociedad más justa´ es una posición política innegable. Por tanto en escenarios electorales esa postura política debería ser la de la formación: estos son los temas, estas son las líneas. Lo que la universidad pública debe disponer en una sociedad democrática son las diferencias. Esa es la gracia. Lo que debemos disponer es qué significa eso. Sobre el discurso de libertad, ¿qué estamos diciendo, a dónde vamos a llegar? Eso es información, no se trata de si me gusta más la lista A, B o C, sino qué gano y qué pierdo. La Universidad debe traducir la información que atraviesa a un escenario electoral y sus candidatos. ¿A quién estoy eligiendo?, ¿aporta a mi desarrollo territorial?, ¿qué quiero yo? ¿Cuándo se da esa conversación?, ¿la Universidad puede ser ese espacio para el debate político o únicamente es el televisivo? Ese sería un tipo de participación efectiva que podríamos debatir.

Para finalizar, ¿qué aportes consideras que realizan las universidades latinoamericanas a las agendas públicas y políticas? Y ¿qué escenarios abren estas estrategias para el futuro y las principales problemáticas que atraviesa el continente?

-Voy a dar vuelta la pregunta y creo que antes de definir las agendas nos falta un trabajo efectivo e interrelacionado entre las universidades latinoamericanas en una mirada común. Asimismo, esto nos falta hacia adentro de los países. En América Latina tenemos una gran diversidad pero no hay una visión que nos unifique. Para que no sea solo discursiva esta proclama, debe tener un correlato en las acciones.  Tenemos AUGM, congresos y ciertos espacios de intercambio, pero nos quedamos en lo discursivo y luego nos cuesta que decante en la práctica. Hay una proyección potencial de cómo pueden aportar las universidades, sin embargo la mayoría de las veces lo hacen a nombre propio.      

En cuanto a la agenda, hay varios temas como las cuestiones de género, climático, de pobreza, desigualdad, democracia pero hay que tomarlos desde una visión común con los mecanismos adecuados para que las universidades trabajemos en conjunto. No existe actualmente un programa que nos nuclee. Hoy como universidades estamos más atravesadas por la urgencia y dependencia a los fondos concursables, que es lo que termina determinando lo que podemos hacer o no. La cantidad de recursos que disponemos en la USACH como universidad pública del Estado es bastante acotada y por momentos hacemos proyectos con cero.  Los hacemos con gestión, con voluntades, con unificar propósitos para trabajar los proyectos, se puede, y eso hace que trabajemos colaborativamente y no competitivamente entre universidades. Pero es válido preguntarnos ¿cómo generamos confianza y trabajo efectivo entre universidades si no comprendemos los beneficios asociados a esto? Si no podemos decirnos que vamos a fortalecer el posicionamiento de las universidades en su rol de aporte al desarrollo territorial regional y para esto necesitamos que cada universidad comprometa un programa que va en la línea de la emergencia climática, por ejemplo, en el nivel de: docencia, investigación e inserción territorial con una puesta en común que genere un conocimiento integrado y pertinente a la realidad compartida.     

Lo cierto es que este desarrollo desigual del sistema universitario podría reparar las dificultades presupuestarias y jerarquizar en cambio la acumulación de experiencias y saberes de cada universidad en función de objetivos comunes….

-Es que precisamente esto es lo que debería motivarnos al espíritu de lo que hay que hacer. Tenemos una ventaja pos pandemia de mejora del interrelacionamiento que antes era más difícil de imaginar. Intentémoslo, porque lo peor que puede pasar es que tengamos que mejorarlo. La incidencia de la universidad impacta en la calidad de vida de las personas, y en ese sentido lo podemos afectar positiva o negativamente. Si pensamos en el desarrollo científico que ha llevado a mejorar la esperanza de vida es porque alguien en algún momento definió que eso era importante y que había que focalizarse ahí. ¿Cómo cuidamos la vida?, ¿cómo cuidamos el mundo donde vivimos? No trabajamos en esto como universidad. Una de las causas ambientales más altas de muerte de las personas actualmente es el aire que respiramos, producir aparatos -sencillos- que midan la calidad atmosférica o de análisis de rayos UV no es imposible. Incluso actualmente los encontramos más dispuestos para la ciudadanía pero cómo explicamos y brindamos información acerca de ¿qué significan esos colores que se ven ahí?, ¿qué puedo hacer en mi vida cotidiana para mitigar los impactos?, ¿qué cambios puedo hacer ante la emergencia ambiental? Nos preguntamos si ¿los países de América Latina siguen los estándares de la OMS?, ¿qué significa eso para sus poblaciones?, ¿cómo avanzamos en la defensa de la vida? Mientras llega la industrialización 4.0 ¿cuáles son los empleos que no van a tener más sentido?, ¿vamos a esperar al momento de que un comercio tenga que despedir a su cajera para entender de qué se trataba ese cambio?, ¿qué hacemos con esa vida que fue reemplazada por una tecnología? Todos los procesos sociales en los que puede intervenir la universidad son aquellos que afectan la vida de las personas, y por eso es que podemos avanzar en la idea de construir un mundo mejor y no lo digo desde el idealismo desaterrizado.

Si la experiencia y el eje en común confluyen entre varias universidades se pueden elaborar programas de formación comunes, trabajo con gobiernos locales, con comunidades, con organizaciones y eso aportaría a una mirada integral y regional para abordar profundamente y con capacidad de transformación una problemática urgente. Estamos en un momento crítico de cuidar la existencia, y preguntarnos ¿qué rol juegan las universidades para proponer modelos constructivos? Porque hay que convivir con la naturaleza tal cual están dadas las condiciones actuales porque no se va a retrotraer a la etapa anterior: va a subir la temperatura, va a subir el mar, va a hacer frío y va a haber mucha lluvia. Las universidades somos una de las primeras que hemos puesto estos temas en el tapete de la agenda pública y social, y podemos hacer más con los tiempos necesarios, pero para ello hay que jugar un rol más activo.


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*Barbara Acuña Jujihara es Magíster en Administración y Dirección de Empresa de la Universidad de Santiago de Chile, Lic. en Sociología y Bachiller con mención en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Chile. Actualmente es la Directora del Departamento de Vinculación Estratégica de la Vicerrectoría de Vinculación con el Medio de la Universidad de Santiago de Chile y tiene una trayectoria de más de 10 años en las áreas de vinculación con el medio, responsabilidad social universitaria y sostenibilidad.