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El cambio cultural fallido y los límites de la imaginación política

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Por Gabriel Vommaro* | Fotos: M.A.F.I.A y Lucía Prieto

Gabriel Vommaro propone algunos ejes [1] para analizar la etapa política actual. A tres años de la llegada de la coalición Cambiemos a la presidencia de la Nación, hasta dónde llega el modelo de la derecha, y cuáles son las controversias y desafíos de los movimientos que protagonizaron el ciclo kirchnerista.

 

[Sociedad] de mercado

  • Para entender cuál es el proyecto de sociedad de Cambiemos, en primer lugar, tendríamos que diferenciar la utopía de instaurar una sociedad de mercado de los actores realmente existentes, en los diferentes mercados económicos en la Argentina, que podrían favorecer la realización de ese proyecto. En este sentido, el macrismo no parece encontrar a los actores para realizar su proyecto, que son quienes deberían acompañar y empujar un proyecto de sociedad en el que la distribución de los bienes se hace, básicamente, a través de los mecanismos del mercado y en el que los criterios de justicia están asociados a esa lógica. Sustancialmente no los encuentra porque los actores económicos predominantes en los diferentes mercados argentinos no parecen dispuestos a pagar ningún costo para avanzar en ese sentido. Tampoco, desde luego, se pliegan sin más a ese proyecto otros sectores sociales. El Gobierno nacional se encuentra en cambio con una sociedad muy resistente, construida a mediados del siglo XX, basada en pilares que podemos llamar Estado-céntricos, con grupos que ponen todos sus recursos para defensa derechos y conquistas sociales y económicas. Dichos pilares son bien diferentes a las utopías del mercado. Así, por caso, frente al proyecto de Cambiemos, los sectores informales oponen su movilización y su presencia en los barrios como reaseguro de la agenda de la “economía popular”, mientras que los sectores formales tienen a los sindicatos bloqueando los intentos de reforma laboral. Es decir, la sociedad tiene un conjunto de resistencias y trincheras para preservar y defender conquistas y al mismo tiempo, los actores que tendrían que empujar lo que llamamos la sociedad mercado-céntrica no parecen dispuestos a asumir los costos que tal “transición” supondría.

El Gobierno nacional en parte anticipó esa resistencia, y por eso asumió con una promesa de cambio cultural, una argucia pensada para no decir ajuste económico, o giro económico, lo que es mucho menos simpático que decir cambio cultural, que también incluye una dimensión de transformación pero sin metas económicas o distributivas claras. Es cierto que se planteó de entrada una crítica a la sociedad, y el proyecto de cambio iba en ese sentido: la idea de que la sociedad gasta demasiado, tiene demasiadas conquistas y derechos, así como salarios demasiados altos. Entonces la propuesta de cambio cultural parecía ir en el sentido de reconstruir las bases sobre las que se asienta la distribución de recursos simbólicos y materiales en la sociedad. Este proyecto no es nuevo en Argentina. La gran novedad es que esta vez llega al Estado a través de un movimiento, un partido, que enarbola esas banderas por vías electorales.

Sin embargo, a más de dos años de gestión ya es evidente, y el gobierno lo sabe, que los sectores que lo apoyaron consecuentemente, hasta el momento, son pocos. Más bien, el juego tradicional de los actores de la economía y el juego tradicional de los factores de la sociedad, la inercia y los aprendizajes del pasado, se impusieron sobre estos nuevos políticos que pensaban que iban a dar una vuelta de página a la historia. La virtud de Cambiemos, que ya habíamos visto en nuestras investigaciones sobre el PRO, como núcleo de la coalición, es que se trata de un partido bastante pragmático, que reajusta, recalcula sus estrategias en funciones de las posibilidades de cambio que ofrece el momento, con una gran capacidad de resiliencia frente a los obstáculos políticos.

La grieta y la reforma social

  • Hoy, a corto plazo, las cartas parecen jugadas. Es difícil pensar que el Gobierno logre convencer a sectores que no haya sido convencido hasta el momento de pagar algún costo para llevar a cabo reformas que no se hicieron en los primeros años. Pareciera más bien que el gran problema de este Gobierno es que empezó a convencer a cada vez menos sectores sociales, es decir, perdió su capacidad de movilización. Esta es una de las causas que están en la raíz de la crisis económica, cambiaria y financiera de los últimos meses.

Al mismo tiempo, Cambiemos entendió de entrada que tenía recursos políticos a mano para contrarrestar a esas inercias y esos obstáculos, y los utilizó de forma muy inteligente en cada coyuntura: me refiero a la construcción del kirchnerismo como gran enemigo, esto es, como una amenaza populista -con la doble acepción de populismo para los sectores antipopulistas en Argentina-, que tiene una ambición de poder y de expansión del Estado por sobre los actores privados. Es problable que, ahora más que nunca, Cambiemos movilice ese sentimiento antikirchnerista. La gran novedad en 2015 fue que ese sentimiento se expandió más allá del núcleo duro del PRO, en buena parte porque se acumularon demandas y descontentos enmarcados bajo la idea de que había que terminar con un proyecto político que había concentrado demasiado poder y que ese poder se volvía en contra de buena parte de la sociedad.

Ahora, Cambiemos usará ese sentimiento para construir el escenario político que viene, es decir, para definir la escena electoral. Habrá que ver en qué medida eso va a seguir teniendo la importancia que tuvo en el 2015, más allá del 25%-30% del electorado que es el núcleo duro de Cambiemos y que no parece estar dispuesto a abandonar a esta opción política no peronista que luego de mucho tiempo logró vencer al polo peronista.

 

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Las controversias del ciclo kirchnerista vs. la pesada herencia

  • En este contexto, el discurso de la pesada herencia sigue funcionando para el electorado de Cambiemos. Todo esto es muy aproximativo, pero uno puede pensar que ese núcleo duro está hecho de la centro derecha y la derecha básica tradicional más los sectores que forman los bordes más antiperonistas del no peronismo, vinculados con algunos sectores del radicalismo, y en especial con la Coalición Cívica. Y por supuesto, para entender la expansión de Cambiemos en todo el país debemos prestar atención a las realidades provinciales y locales, por ejemplo qué pasó en Córdoba en estos años. Pero volviendo al discurso global de Cambiemos, es a su núcleo electoral que le puede hablar de la pesada herencia y a parte de ese núcleo puede convencerla aún que nos salvó de ser una nueva Venezuela. En cambio, otro públicos que votaron a Cambiemos en 2015 y en 2017 por el rechazo al kirchnerismo, menos basado en el descontento económico y más en  los modos de construcción del poder y de construcción democrática que tuvo el kirchnerismo en su último ciclo, son menos proclives a aceptar en la actualidad que se siga atribuyendo la responsabilidad de los problemas presentes exclusivamente al gobierno anterior.

En este punto conviene mencionar que el kirchnerismo fue perdiendo en sus últimos años de gobierno aliados de diferente tipo, y en especial sectores medios y medios-bajos que eran parte de su coalición, al mismo tiempo que fue perdiendo a los sectores trabajadores debido a una dificultad para entender sus demandas sociales. El uso más intenso de la lógica polarizadora, por la cual toda crítica jugaba a favor “del enemigo”, fue muy productiva en ciertas coyunturas fundacionales pero terminó por encapsular al segundo gobierno de Cristina Kirchner.

Algunos elementos de estas lógicas se pueden rastrear en lo que sucedió con el accidente de trenes en Once, con la cuestión del cepo del dólar y los controles cambiarios, o la pulseada por el impuesto a las ganancias. En torno a estos temas hubo un juego de suma cero, que permitió a Cambiemos acumular apoyos de públicos que pasaban a  engrosar el rechazo al kirchnerismo, que se expresó electoralmente en la segunda vuelta de las presidenciales de 2015. La amplitud de ese rechazo en el escenario político actual es incierta, y a la par, no es posible saber con certeza cómo serán reinterpretados los años kirchneristas a la luz de la gestión de este Gobierno, lo cual será seguramente muy diferente para electorados con grillas de lectura de la realidad muy disímiles.

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Representatividad y politización de las subjetividades

  • Durante el kirchnerismo, por lo menos hasta el año 2011, hubo un movimiento político que fue ganando consistencia y que fue construyendo apoyos más amplios, con vaivenes logró ensancharse, hasta 2007 con una lógica inclusiva, desde 2008 con una lógica polarizada, pero siempre logró hacerse más sólido, más amplio frente a una oposición dividida y fragmentada, con expresiones partidarias locales como el PRO o referentes con partidos débiles como Elisa Carrió, Pino Solanas, y con partidos con dificultad de coordinación a nivel nacional. hacia fines de 2017 podríamos pensar que pasaba algo más o menos similar. Teníamos un Gobierno nacional que, hasta la crisis reciente, iba sumando apoyos y, en ese contexto, parecía que Cambiemos se afianzaba como nuevo espacio no peronista con capacidad de controlar la agenda y los debates públicos en el país, y con capacidad de sumar nuevos aliados. Enfrente tenía una oposición muy heterogénea, con mucha dificultad para unificarse. La gran diferencia entre ambos ciclos es que, como herencia del proceso anterior, uno de los componentes de la actual oposición es un movimiento con un portavoz muy definido que es el peronismo cristinista. Este es el polo más intenso, más unificado y más claro de la oposición, pero el problema que tiene son las fronteras demasiado rígidas en las que está confinado, y los obstáculos para construir puentes con los otros sectores. Estos últimos, en tanto, no tienen hasta el momento la capacidad para ser quienes constituyan el núcleo de un proyecto opositor unificador.

La otra dimensión del espacio opositor, que no tiene la misma temporalidad que la oposición partidaria, es la que vinculada con los movimientos sociales, y que se hace visible en las movilizaciones y en general en la ocupación de la calle. Ahí lo que prima es cierta fragmentación, con sectores que piden cosas diferentes, que defienden sus derechos y posiciones. Los vínculos entre uno y otro plano, hoy en día, no están claros.

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La única verdad es la realidad

  • Un gran problema que tiene el peronismo después del 2015 es que la interpretación o el sentido histórico de los años kirchneristas no han sido definidos. No hay ninguna facción que se imponga claramente sobre la otra en este sentido. El peronismo deberá resolver cómo integra al kirchnerismo a su historia. Hay un peronismo más de centro-izquierda y nacional-popular que plantea una reivindicación sin fisuras de los años de gobierno kirchnerista y por el otro, un peronismo que esperaba que la salida del kirchnerismo del Gobierno produjera un desinflamiento natural de ese espacio y que al mismo tiempo, no tiene una narrativa fuerte para ofrecer. Incluso hay sectores del peronismo, más conservadores y neoliberales, que encuentran que ese espacio ya está ocupado por Cambiemos, que además absorbe más fácil a su público y maneja mejor el lenguaje anti-kirchnerista. Entonces estos grupos tampoco encuentran su lugar. Hasta el momento, lo que resolvió coyunturalmente la narrativa sobre el kirchnerismo para los sectores que no mantuvieron su lealtad a ese espacio es la corrupción. Sin dudas las causas judiciales que involucran a altos funcionarios y dirigentes kirchneristas están en el centro de la lectura que se hace de los años de gobierno de los Kirchner. Eso es un problema para el propio movimiento, y para cualquier opción progresista en la actualidad, pero al mismo tiempo es una versión simplificada y maniquea de ese ciclo que no da cuenta de la cuestión distributiva, que está en el centro de cualquier discusión política en Argentina. Entonces las condiciones para el procesamiento de esos años son muy malas, y no existen hasta el momento sectores capaces de ofrecer una propuesta superadora.

Así las cosas, en la actualidad hay prácticamente dos grandes espacios peronistas, que por otra parte fue lo que pasó desde el 2003, cuando surgió el kirchnerismo, pero uno podría remontar ese conflicto a los años de Menem. En el 2005, cuando el kirchnerismo resuelve su interna con el duhaldismo y sus aliados y se vuelve dominante dentro del peronismo, el otro espacio, el del peronismo conservador, se pliega a los ganadores o se vuelve menos relevante. Tras la derrota del kirchnerismo, ninguno de los grupos es lo suficientemente grande como para imponerse a los demás o como presentarse ante la sociedad con una oferta discursiva competitiva. Eso coloca al peronismo en una encerrona que quizá la coyuntura económica y social puede ayudar a resolver de manera coyuntural, pero que exigirá algún tipo de imaginación política para producir una propuesta superadora.

 

*Es Sociólogo por la UBA, Doctor en sociología por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (Centre de Sociologie Européenne), Magíster en Investigación en Ciencias Sociales por la UBA. Investigador de CONICET y profesor en el IDAES-UNSAM.  Se especializa en el estudio del activismo político, los partidos y la cultura política en Argentina. En los últimos años, investigó y publicó diversos trabajos sobre la genealogía de la coalición Cambiemos en nuestro país. Su último libro es La larga marcha de Cambiemos (Siglo XXI, 2017).

[1] Este texto es el resultado de la reconstrucción de un diálogo entre el autor y el colectivo editorial de la revista. Conserva el tono coloquial de la conversación entablada.

 

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